Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Después del auge del caucho

Cuando los primeros conquistadores viajaron río abajo por el Amazonas en el siglo XVI, encontraron asentamientos populosos, cacicazgos jerárquicos y complejos sistemas agrícolas a lo largo del curso principal. Los “indios”, según reportaron, criaban tortugas en estanques de lagunas de agua dulce, tenían vastas provisiones de pescado seco, hacían sofisticada alfarería esmaltada, y tenían enormes tinajas, cada una de las cuales podía contener cien galones (380 litros). También notaron que estos pueblos tenían flotillas de canoas y comerciaban río arriba, adentrándose en los Andes, y río abajo hacia la desembocadura del gran río. Sus numerosos guerreros llevaban mazas de madera y gruesos escudos de cuero hechos de pieles de cocodrilos y manatíes. Detrás de los grandes asentamientos, advirtieron la existencia de “muchos y muy bien hechos caminos que se internaban tierra adentro”, algunos tan anchos que los compararon con los caminos reales en España. Estas historias fueron más tarde descartadas como exageraciones de quienes intentaban magnificar la importancia de sus “descubrimientos”, ya que desde el siglo XVIII las riberas del Amazonas han estado casi completamente despobladas. Durante el siglo XX los amazónicos arquetípicos fueron “tribus ocultas”, grupos de cazadores, recolectores y cultivadores nómades que vivían aislados en las nacientes de los ríos principales, evitando el contacto con la sociedad nacional.

Con la perspectiva del tiempo transcurrido y los nuevos conocimientos aportados por la historia y la arqueología, hoy podemos ver que estas dos percepciones de la Amazonía están extraña y trágicamente relacionadas. La arqueología nos enseña actualmente que las tierras bajas de la Amazonía, aún en aquellas zonas de suelos pobres y aguas turbias como el alto Xingú, fueron de hecho alguna vez, zonas con asentamientos humanos importantes. El comercio regional y las sinergias dinámicas entre los pueblos amazónicos habían conducido a que el subcontinente estuviera densamente poblado por grupos ampliamente diferenciados pero interrelacionados, que se especializaban en habilidades locales y usaban sus ambientes específicos de maneras diversas y sutiles.

La violenta arremetida de las sociedades occidentales puso fin a gran parte de esta complejidad. La guerra, la conquista, las misiones religiosas y el flagelo de las enfermedades del Viejo Mundo redujeron las poblaciones a menos de un décimo de los niveles precolombinos. La caza de esclavos, tanto por parte de los soldados europeos como por parte de otros grupos indígenas que comerciaban con el “oro rojo” (los “indios” esclavizados), a cambio de los productos de las industrias occidentales, terminó haciendo desaparecer la población remanente en el curso inferior del río. Las incursiones, la esclavitud y la competencia por oportunidades de comercio con los blancos, crearon un estado de gran confusión en las cabeceras del río. El mito del Amazonas vacío se hizo realidad, ya que los sobrevivientes se desplazaron tierra adentro y río arriba para evitar esta depredación.

A fines del siglo XIX, los mercados de ultramar y los avances en la tecnología crearon nuevas posibilidades para la explotación. En particular, el descubrimiento del proceso de vulcanización, condujo al comercio global de un producto no maderero del bosque, el caucho, que ahora podía ser endurecido para el uso industrial. La onerosa tarea de extraer el látex, unida al comercio mundial, produjo fortunas para los empresarios dispuestos a penetrar en las cabeceras del río, esclavizar a las tribus locales y forzarlas a trabajar los grupos dispersos de árboles de caucho. El capital internacional llegó a raudales para aprovechar al máximo estas oportunidades. Decenas de miles de indígenas perecieron por la renovación de la esclavitud, el incendio de asentamientos, la muerte por inanición de los sobrevivientes, el trabajo forzado y las enfermedades. El proceso también llevó a que nuevas oleadas de pueblos indígenas sobrevivientes huyeran hacia zonas más profundas de los bosques, buscando perder contacto con un mundo cambiante que implicaba muerte y degradación cultural.

Por supuesto, no todos los pueblos indígenas en las cabeceras del Amazonas son refugiados que escaparon de las brutalidades del contacto, pero, en general, se subestima el impacto que ha significado el mundo exterior incluso en las zonas más remotas. Para muchos pueblos indígenas del Amazonas y también de otras partes del mundo, la búsqueda del aislamiento ha sido una elección informada –la respuesta lógica de pueblos que se han dado cuenta de que el contacto con el mundo exterior les trae la ruina y no beneficios. La vida en los bosques sin el comercio puede tener sus privaciones, no solo porque la ausencia de artefactos de metal como las hachas, los machetes, anzuelos y recipientes de cocina hace que la subsistencia implique un trabajo más duro; sino también porque el comercio tradicional, el trueque y el intercambio entre pueblos indígenas eran también -en un tiempo- formas de hacer la vida más variada y rica. Pero es la elección de estos pueblos.

Las sociedades industriales del siglo XXI están avanzando actualmente hacia los confines del Amazonas, donde estos pueblos indígenas viven en aislamiento voluntario, en busca de otros recursos para comerciarlos globalmente; esta vez no se trata de esclavos ni caucho, sino de madera, petróleo, gas y minerales. Si deploramos los horrores de la muerte y la destrucción que acompañaron ineluctablemente las incursiones previas en el Amazonas, ¿podemos demostrar ahora que la sociedad industrial moderna es más civilizada? ¿Podemos respetar la elección de otras sociedades de evitar el contacto y dejarlas en sus tierras natales sin perturbarlas hasta que, tal vez, en algún momento futuro decidan emprender la riesgosa aventura de contactar un mundo con el que –según les ha enseñado la amarga experiencia- no es seguro interactuar? Si no podemos, entonces es casi seguro que las generaciones futuras nos condenarán por la misma avaricia, indiferencia, egoísmo y codicia por las que hoy condenamos a los conquistadores y a los “barones del caucho”.

Por: Marcus Colchester, Forest Peoples Programme.