Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

El alto costo del petróleo barato

El modelo de desarrollo predominante está en gran medida basado en el petróleo, el cual ha sido impuesto como una de las principales fuentes de energía para la mayoría de las actividades humanas (industria, transporte, calefacción, cocción de alimentos, etc.). Sin importar cuan destructiva sea su extracción y uso, la razón principal de su éxito es su baratura. En razón de ser barato, su uso continúa aumentando y dado que su uso se incrementa, así también lo hace su extracción. En teoría, las compañías petroleras deberían estar extrayendo menos combustible para así obtener un precio más alto y por ende mayores ganancias. Sin embargo, tal como sucedió en las pasadas crisis petroleras, un petróleo más caro abre posibilidades para otras fuentes energéticas (por ejemplo, la solar, eólica, biomasa), que pasan a ser económicamente competitivas. Y esto es algo que atemoriza grandemente a las compañías petroleras.

Esto explicaría por qué, por ejemplo, Occidental Petroleum insiste en tratar de extraer petróleo del territorio del pueblo indígena U’wa en Colombia, a pesar de su oposición y de la consiguiente publicidad negativa que esto está implicando para la compañía. Esto también explicaría por qué Shell y otras multinacionales continúan activas en el territorio Ogoni en Nigeria, a pesar del clamor internacional generado por el asesinato legal de Ken Saro Wiwa y de las flagrantes violaciones a los derechos humanos vinculadas al petróleo en ese país. Para que el petróleo sea barato, el ritmo de extracción jamás debe disminuir y nuevos pozos deben ser identificados y explorados.

Pero el petróleo no es para nada barato. Implica enormes costos, sólo que no están incluidos en el precio al consumidor final.

El mayor costo es por supuesto humano. En los trópicos, la extracción es llevada a cabo en áreas habitadas por gente. Los derechos de estas personas son ignoradas y sus territorios son apropiados y dados en concesión por el gobierno a las compañías petroleras. En muchos casos, esto origina luchas contra las compañías, a las que se responde con la represión oficial y extraoficial, con las consiguientes violaciones a los derechos humanos.

Todos los recursos que desde tiempos inmemoriales sirvieron para satisfacer las necesidades de los pueblos indígenas son degradados. El agua potable resulta envenenada. El aire se contamina. La fauna se vuelve escasa. Los bosques desaparecen. Todo ello impacta sobre la salud y el sustento de la gente local.

Al mismo tiempo, la explotación petrolera afecta la salud del ecosistema bosque. Primeramente, la exploración y extracción petrolera son las causas directas de la deforestación de grandes áreas de bosques tropicales y de la degradación del bosque en su conjunto a través de sus impactos sobre el agua, el aire, la fauna y la flora. En segundo lugar, la actividad petrolera constituye una causa subyacente de deforestación y de degradación del bosque, ya que abre caminos de penetración al bosque y así crea las condiciones necesarias para la tala comercial y para la conversión del bosque a la agricultura y a la ganadería.

En resumen, la gente y los ecosistemas locales son las principales -pero de ninguna manera las únicas- víctimas de la actividad petrolera. Las poblaciones locales ni siquiera acceden al “beneficio” de usar petróleo barato para trasladarse en sus automóviles, ya que no están en condiciones -y probablemente nunca lo estarán- de comprarse un automóvil.

A nivel global, es bien sabido que el petróleo es uno de las principales causas del efecto invernadero y que por lo tanto está amenazando a la humanidad en su conjunto. Sin embargo, el modelo actual, en el que predomina lo estrictamente económico, sólo parece aceptar soluciones “económicamente viables” aún cuando las mismas sean social y ambientalmente desastrosas. Esto explica por qué los sectores dirigentes y empresariales están tan interesados en apoyar la idea de un “mercado del carbono”, que fomenta un mayor uso de combustibles fósiles y la implementación de plantaciones de árboles para “compensar” las resultantes emisiones de CO2. No importan los impactos que esas plantaciones tendrán sobre la gente y el ambiente y no importa que esa “solución” en realidad no resuelva nada: tiene sentido -para ellos- desde el punto de vista económico.

En el marco de ese escenario, hay un amplio número de posibles acciones a ser encaradas por quienes están realmente preocupados acerca del futuro de la humanidad y por los derechos de la gente local. Pero quizá uno de los temas de mayor importancia es el de lograr que se imponga una moratoria sobre nuevas actividades de exploración y extracción de petróleo, en particular en los trópicos. Un petróleo más escaso llevará al incremento de precios y otras fuentes energéticas -limpias, de bajo impacto y renovables- podrán entonces tener “sentido económicamente “. La lucha para este fin ya ha comenzado y los U’wa y los Ogoni son probablemente los casos más conocidos -pero de ninguna manera los únicos- que intentan imponer la moratoria de una manera muy concreta dentro de sus territorios. El apoyo a dichos casos de resistencia local es por ende esencial, tanto desde una perspectiva local como global. El costo del petróleo barato se ha vuelto demasiado caro.