Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

La lucha por evitar la guerra

Mientras aún caen las bombas, ruedan los tanques militares, mueren miles de personas, los probables vencedores ya se están repartiendo el botín. Es que de eso se trataba esta guerra. Saddam y sus míticas armas de destrucción masiva no fueron más que una poco creíble excusa. Lo sabía y lo sabe todo el mundo. Tanto el petróleo como los lucrativos contratos para reconstruir lo que destruyeron están ya en “buenas” manos.

En este caso, la inmaculada guerra en color verde fluorescente con fuegos artificiales lanzados por “armas inteligentes” y “fuegos amistosos” presentada por la CNN fue complementada por la guerra de dolor, muerte y cuerpos destrozados mostrada por Al-Jazeera. A diferencia de la guerra del Golfo –donde sólo vimos los fuegos artificiales– esta vez el mundo asistió horrorizado al espectáculo de la verdadera guerra.

Pero ya sea que la guerra nos sea mostrada de manera real o virtual, es necesario señalar que en ambos casos corremos el mismo peligro: el acostumbramiento. Al horror y la indignación contra una guerra que tod@s sabemos injusta y cuyas imágenes televisadas entran diariamente en nuestras casas, le sigue la aceptación de que habrá más guerras. Ya se habla de Irán, de Siria, de Corea del Norte, como episodios tan indignantes como inevitables de una guerra permanente. Y este es el mayor desafío: evitar el acostumbramiento y seguir luchando por la paz.

Hace años que se dice que las próximas guerras serán por el agua. Se lo da por descontado. Se escriben libros y se hacen películas al respecto. Sólo hace falta esperar a que el agua escasee más para que el inevitable desenlace tenga lugar. Y sin embargo, es tan evitable como lo pudo haber sido esta guerra que ahora sufren tantos seres humanos.

Claro que si el mundo sigue el camino que está siguiendo el agua va a escasear. Es más, el agua potable ya es escasa en muchas partes del mundo, tanto del norte como del sur, como resultado del modelo insustentable de producción y consumo impuesto a lo largo y ancho del planeta. Como consecuencia de ese modelo, los bosques y humedales –reguladores por excelencia del agua– siguen desapareciendo. Los cursos de agua continúan siendo modificados y obstruidos por grandes represas hidroelécticas. La industria contamina las fuentes de agua en todo el planeta. La agricultura comercial envenena la tierra con agroquímicos que terminan contaminando el agua. Los enormes monocultivos de eucaliptos bombean millones de litros de agua desde el suelo e impiden la recarga de la napa freática. Todas estas situaciones están reflejadas en artículos que describen situaciones muy reales en este mismo boletín.

Pero es importante señalar que nada de eso es inevitable. Por el contrario, los pueblos están clamando y luchando en todo el mundo por evitarlo. Contra sus gobiernos, contra las grandes empresas, contra los organismos internacionales. A veces triunfan y otras veces son derrotados. Pero luchan por evitarlo.

Sin embargo, desde los centros de poder se sigue optando por la guerra. Contra la naturaleza, contra el agua y contra la gente. En lugar de abordar las causas que generan la pérdida de recursos hídricos, las grandes empresas optan por adueñarse del agua. El proceso de privatización está avanzando a pasos agigantados y el agua –recurso esencial para todos los seres vivos– va siendo paulatinamente apropiado por grandes empresas cuyo único objetivo es la obtención de ganancias. Y como se sabe, cuanto más escaso sea un recurso, mayores ganancias obtendrán quienes sean sus dueños.

De seguirse ese camino, las consecuencias serán desde luego las usuales: las multinacionales del agua de un país se enfrentarán a las multinacionales del agua de otro. Las del país más fuerte invadirán a las del país más débil. No en sus propios países, por supuesto, sino en terceros países gobernados por algún tirano impuesto en el poder por uno de los dos bandos. Como si se tratase de petróleo.

Es hora de que la sensatez prime sobre la locura. Que los recursos de la humanidad sean precisamente eso: recursos de y para la humanidad. Al menos hasta ahora, en ningún diccionario se encuentra que la palabra “empresa” sea sinónimo de “humanidad”. El agua es la fuente de toda vida y por ende el acceso al agua es el derecho humano primordial. Su defensa empieza en la protección de los ecosistemas que aseguran el ciclo hidrológico –en particular los bosques y humedales– y termina asegurando a cada ser humano la disponibilidad de agua potable de acuerdo a sus necesidades.

La guerra por el agua simplemente no debe ocurrir. Nunca. Pero para que eso sea así hay que enfrentar ahora, en todos los rincones del planeta, las políticas y acciones que llevan a la degradación y a la privatización del agua y al mismo tiempo promover políticas y acciones conducentes a su conservación y distribución equitativa. La ciudadanía tiene en esto el histórico papel de asegurar que sus gobiernos antepongan los derechos de sus ciudadan@s a los de las transnacionales, que privilegien la vida por sobre la muerte, la paz sobre la guerra. Cada persona tiene en esto un rol que cumplir, desde defender un bosque a oponerse a una represa; desde promover la agricultura orgánica a oponerse a la explotación minera y petrolera; desde bregar por una legislación que favorezca la conservación y el uso equitativo del agua a oponerse a los monocultivos forestales. Se puede. La guerra por el agua se podrá evitar. Es una tarea de tod@s.