Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Brasil. Contra el Covid-19: Economía feminista en el campo y la ciudad

Con la crisis del Covid-19, las iniciativas de movimientos y colectivos basadas en la economía feminista han ganado fuerza. La economía feminista nos lleva a reflexionar sobre la actualización de los mecanismos de control, sin dejar de afirmar la capacidad de resistencia y reconstrucción de los cuerpos en movimiento.

Foto: SOF, Brasil

La crisis del Covid-19 es la gota que colmó el vaso para el engranaje del capital, que ya giraba con mucha dificultad. Lo que sería en esencia una crisis sanitaria, se transformó en una crisis generalizada en Brasil. No nos sorprende, porque no podríamos esperar otra cosa de una sociedad basada en una economía que está en guerra permanente contra la vida.

El neoliberalismo se muestra como un sistema incapaz de manejar la crisis, pero intenta mantenerse a través de falsas soluciones. Estas se basan en la expansión de las fronteras de explotación, con la precarización del trabajo de las personas y la explotación y financiarización de la naturaleza. Por el contrario, las iniciativas de los movimientos y los colectivos, basadas en la economía feminista, han ganado fuerza.

La economía feminista hace un análisis crítico de las formas actuales en que se organiza la economía, mayoritariamente capitalistas, patriarcales y colonialistas, así como también de las teorías que sustentan las políticas que las instrumentan. Por otra parte, destaca el cuerpo como territorio, donde naturaleza y cultura convergen. El cuerpo resiste los tiempos del mercado. Es preciso recuperar la memoria que marca los cuerpos, individual y colectivamente, escuchar sus historias, aprender nuevamente a escuchar al cuerpo. Recuperar los tiempos de la vida tiene que ver con volver a conectar con los procesos de nuestro cuerpo sin la intervención del mercado capitalista. La economía feminista nos lleva a reflexionar sobre la actualización de los mecanismos de control, sin dejar de afirmar la capacidad de resistencia y reconstrucción de los cuerpos en movimiento.

La experiencia de la Rede Agroecológica de Mulheres Agricultoras da Barra do Turvo (RAMA), del Vale do Ribeira, en San Pablo, Brasil, muestra cómo la organización basada en los principios de solidaridad y respeto por las lógicas de las comunidades es muy capaz de lidiar con esta crisis. Ellas amplifican el acceso a alimentos saludables, aseguran el mantenimiento de ecosistemas diversos y, fortalecidas, renegocian la división del trabajo doméstico y luchan contra la violencia de género.

Muchas mujeres de la RAMA provienen de territorios donde se asignaron unidades de conservación sobre sus comunidades, ya sean quilombolas (1) o de agricultura familiar. Ellas han preservado la biodiversidad y han garantizado la soberanía alimentaria de las comunidades a partir de sus modos de vida. Esto se ha mantenido a costa de una gran lucha y a pesar de las amenazas constantes que sufren por parte de los organismos gubernamentales, que intentan instalar una política de conservación sin gente. El proyecto Conexão Mata Atlântica (Conexión Bosque Atlántico) es un ejemplo de este tipo de política. Comenzó en 2019 y busca incrementar reservas de carbono en las comunidades y extender las unidades de conservación. En otras palabras: expandir el dominio y la invasión de los territorios de la vida comunitaria y aumentar los procesos de financiarización de la naturaleza.

En el video “Economía feminista: aprendiendo con las agricultoras” (disponible en cuatro idiomas) (2), entrevistamos a Nilce de Pontes, agricultora y líder de la Coordinación Nacional de Articulación de las Comunidades Negras Rurales Quilombolas (Coordenação Nacional de Articulação das Comunidades Negras Rurais Quilombolas, CONAQ). Ella vincula las formas de vida tradicionales con la soberanía alimentaria, pilar fundamental de una economía organizada para la vida: “Para mí, es decir como quilombola, la seguridad alimentaria y la soberanía alimentaria vienen mucho de nuestro modo de vida, de la forma como nos relacionamos con la tierra. Y de cómo proyectamos esa seguridad del territorio con la salud alimentaria. Eso para nosotras es una relación compleja, de cómo nosotras vivenciamos, cómo interactuamos y cómo producimos alimentos saludables y adecuados, que aseguran la soberanía alimentaria. Nosotras como mujeres quilombolas, como mujeres negras”.

La valorización de la agricultura para el autoconsumo, llevada adelante por las mujeres en sus huertos, de forma agroecológica y valorizando la diversidad, se muestra más importante que nunca: mientras el precio de los alimentos naturales aumenta en el mercado, ellas continúan garantizando el sustento de sus familias y sus comunidades con alimentos saludables y de forma autónoma (3). Además de asegurar la alimentación de las comunidades, el trabajo de las mujeres también abastece a múltiples familias de la región metropolitana de São Paulo, mediante los grupos de consumo responsable.

Esta alianza campo-ciudad posibilita que las personas de los centros urbanos enfrenten la pandemia de una forma diferente. Los consumidores de los grupos acceden a una gran variedad de alimentos agroecológicos, por el mismo precio que pagaban por ellos antes de la crisis sanitaria: un compromiso colectivo de mantener un precio justo, que posibilite que las trabajadoras y los trabajadores cuiden su salud y su sistema inmunológico, consumiendo más alimentos agroecológicos naturales. Los movimientos y colectivos también adquirieron los productos agroecológicos de las mujeres para donarlos a aquellas personas que en este momento son más vulnerables. Estas iniciativas, que tienen como principio la solidaridad, son especialmente importantes porque hacen llegar alimentos de calidad a aquellos que nunca podrían acceder a estos por causa del mercado capitalista. Hoy, la mayoría de las personas de las ciudades utiliza el poco dinero que tiene para alimentarse con productos de canasta básica, que no incluye alimentos naturales y está compuesta por productos provenientes de la agricultura industrial, nutricionalmente pobres. El aumento de los precios de los alimentos en Brasil hace que muchas familias no logren comprar ni siquiera productos naturales de la agricultura convencional, que contienen agrotóxicos.

Desde hace algún tiempo, esas iniciativas ya rendían sus frutos en cuanto a mayor autonomía y bienestar. La pandemia del Covid-19 fue como una prueba para que demostraran su fuerza y su capacidad de resistir a una crisis tan profunda. No por casualidad, este período en el que la economía capitalista atraviesa una gran crisis aparece como un momento de consolidación e incluso de expansión de la economía orientada hacia la sostenibilidad de la vida humana (4).

La feminista Yayo Herrero, en su artículo “La vida en situación de guerra: Coronavirus y la crisis ecológica y social” (5), nos coloca frente a la necesidad de ver esta crisis como una oportunidad para imaginar el futuro: “Necesitamos construir horizontes de deseo coherentes con las condiciones materiales que los posibiliten. Y si no lo hacemos bien, afirmadas en la equidad y los derechos, lo harán otros montados en el caballo de la explotación, la desigualdad, el racismo y el repliegue misógino”.

Evitando las trampas del mercado y de las falsas soluciones, las mujeres nos señalan un horizonte posible de organización de la vida colectiva. Posible porque parece realmente capaz de enfrentar los mayores desafíos que tenemos por delante: la superación de las desigualdades, de las opresiones y de la crisis ecológica.

Sempreviva Organização Feminista  – SOF, Brasil
(Siempreviva Organización Feminista)

https://www.sof.org.br/

(1) Las comunidades quilombolas son aquellas constituidas por descendientes de los pueblos negros esclavizados que, durante el proceso de resistencia contra la esclavitud en Brasil, ocuparon territorios comunes hoy conocidos como quilombos.
(2) Enlace del video en español aquí. Más información aquí, o traducido al español aquí.
(3) Ver artículo “Alimentación en tiempos de coronavirus”, de Glaucia Marques, en la columna Sempreviva de Brasil de Fato.
(4) Según la economista feminista Cristina Carrasco, la sostenibilidad de la vida es “Un concepto que permite dar cuenta de la profunda relación entre lo económico y lo social, que sitúa a la economía desde una perspectiva diferente, que considera la estrecha interrelación entre las diversas dimensiones de la dependencia y, en definitiva, que plantea como prioridad las condiciones de vida de las personas, mujeres y hombres”. Artículo disponible aquí.
(5) El texto fue publicado originalmente con el título “En guerra con la vida”, para la revista Contexto y Acción, y traducido recientemente al portugués para la publicación de la SOF “Economia feminista e ecológica: resistências e retomadas de corpos e territórios”, disponible aquí. Artículo original en español disponible aquí.