Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Brasil: que el eucalipto no cause en San Pablo los daños que causó en Minas Gerais

Pese a que por ser una de las zonas más miserables del país, el Valle del Jequitinhonha, en Minas Gerais, ha sido la principal y paradigmática meta de las “caravanas de la ciudadanía” del candidato Lula –en más de una campaña presidencial– y una de las elegidas para servir el plato fuerte del nuevo gobierno –el plan Hambre Cero– es raro que nada se haya dicho sobre la razón concreta (aparte de las razones genéricas del subdesarrollo socioeconómico y quizás político) que llevó a esta parte del territorio de Minas Gerais a una situación tan degradada y económicamente insustentable. Sin embargo, algunos testimonios de figuras representativas de la zona, en entrevistas de radio con ocasión de la visita de la comitiva presidencial, nos informan que hace cerca de 26 años el Jequitinhonha era un valle fértil, con múltiples cultivos y cría de ganado, y que empezó a “secarse” debido a la sustitución de los bosques nativos por la plantación indiscriminada de eucaliptos.

Ante las dramáticas previsiones del informe de la UNESCO sobre la disminución de los manantiales en los próximos 20 años –presentado en el 3er Foro Mundial del Agua, realizado en Kyoto– y ante la posibilidad de que se dañe lo que queda de biodiversidad, como asimismo los recursos hídricos disponibles para abastecer la ciudad brasileña más grande (y más importante), sería importante discutir los riesgos de la rápida sustitución en curso de bosques nativos ribereños por plantaciones de eucaliptos en municipios cercanos a esta capital, como Nazaré Paulista –donde está la represa de Atibainha, el principal manantial del Sistema Cantareira–, Piracaia, Joanópolis y otros. Porque en esta zona, principalmente en los últimos cinco años, una bella y variada vegetación nativa que alberga fuentes naturales, arroyos, riachuelos –y es el hábitat de una rica fauna– ha dado lugar a la monotonía de hileras de árboles iguales que nada tienen para atraer a los pájaros –o a cualquier otra especie animal– y que son talados rápidamente para convertirlos en leña. Son contadas las áreas que aún resisten al madereo ilegal o a la estéril “reforestación” de los “cultivos” de eucalipto. No se trata de aprovechamiento para la industria de celulosa –ya que la zona no la tiene y por sus características tampoco la admite–, mucho menos responden dichas plantaciones a criterios técnicos de redistribución y/o preservación de un porcentaje de los bosques nativos. Tan sólo se trata de madera que sorbió mucha agua, pero que sólo sirve para el fuego…

En la vieja controversia acerca de los efectos ambientales de las plantaciones de eucaliptos, a pesar de los argumentos –por lo general basados en trabajos científicos patrocinados por grandes empresas que explotan industrialmente dicho árbol– que tratan de presentar como simples “mitos” los daños que causa el eucalipto a la fertilidad del suelo y los manantiales, hay una amplia literatura que comprueba al menos tres aspectos fundamentales: la altísima demanda de agua de dicho árbol puede agotar la humedad del suelo y perjudicar la recarga de agua subterránea, desestabilizando el ciclo hidrológico; la gran absorción de nutrientes por las raíces puede generar en el suelo un gran déficit y desestabilizar el ciclo de nutrientes; la liberación de sustancias químicas –o los efectos alelopáticos sobre la microflora– puede alterar el crecimiento de plantas y microorganismos y reducir aún más la fertilidad del suelo.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y muchos otros organismos internacionales, como asimismo universidades e institutos científicos europeos, de la India, australianos y sudafricanos, han discutido con detenimiento el tema, pero a menudo las preocupaciones ambientalistas chocan con los intereses de grupos industriales que se benefician de este árbol oriundo de Australia, que empezó a cultivarse en Europa a mediados del siglo XIX (y en Brasil a principios del siglo XX). Hay relatos de 1887 de Sudáfrica –uno de los primeros países en establecer plantaciones de eucaliptos en gran escala– que atestiguan que el clima de dicho país se estaba volviendo más seco, las fuentes de agua, antes abundantes, estaban menguando y los cursos de agua se volvían intermitentes.

Cien años después, en 1987, el portugués Antero Gonçalves escribió un libro titulado “El eucalipto y el hombre”, en el que a cierta altura afirmaba: “No vale la pena seguir repitiendo que el eucalipto está en contra de los seres vivos, está en contra de la tierra, está en contra del agua, está en contra de todos. Es difícil comprender cómo es que la gente del campo acepta sosegada y tranquila que le corrompan las mejores tierras de labranza con el infernal glóbulo [Eucalyptus globulus] que amenaza volvernos un desierto”. En España hay un movimiento que promueve la plantación de especies nativas llamado Club Phoracantha, en homenaje al escarabajo [taladro] que destruye los eucaliptos.

No es sin razón alguna, entonces, que las leyes de muchos países restringen ese tipo de plantación. En Brasil hay una ley aprobada en Espírito Santo que prohíbe nuevas plantaciones de eucalipto en dicho estado. ¿No sería el caso, entonces, de que en San Pablo también se fijaran restricciones parecidas, al menos en zonas con manantiales importantes, como la citada, para no ver en pocos años las aún diversificadas (y no desertificadas) partes de vegetación de Nazaré Paulista –con sus bosques nativos, sus fuentes naturales, sus pájaros, sus monos e incluso gatos monteses, tan sólo a una hora de la capital– convertidas en un desolador Jequitinhonha que sólo se presta para recibir a lacrimosas caravanas de futuras campañas presidenciales, mientras que en San Pablo tendremos que comprar agua potable a precio de oro (o de aire puro)?

Por: Mauro Chaves, correo electrónico: mauro.chaves@attglobal.net, extraído de Biodiversidad en América Latina, http://www.biodiversidadla.org/prensa8/prensa962.htm.