Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Historias de resistencia

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Foto: uncontactedtribes.org

1. El relato de un Jarawa recientemente contactado

Los Jarawas del archipiélago de Andamán sólo tienen contacto amistoso con los colonos que viven cerca del bosque desde 1998. Su súbita aparición fuera del bosque, sin arcos ni flechas, después de más de un siglo de hostilidad, se atribuye generalmente a Enmai, un joven Jarawa. En 1996, Enmai pasó seis meses hospitalizado luego de que los colonos lo encontraran con una pierna fracturada.

Enmai dijo a Shailesh Shekhar, del Hindustan Times: “Antiguamente teníamos miedo de ustedes… les temíamos… No teníamos ninguna idea de un mundo, de una existencia más allá de nuestra jungla”.

Siete años después de su regreso al bosque, Enmai criticaba a los forasteros: “Son hombres malos… Nos atraen para luego utilizarnos… No es bueno que vayamos por las calles mendigando. Los conductores nos engañan. Nada de eso es bueno”.

Ya no sale del bosque salvo para atención médica, y dice: “La jungla es mejor. Aunque tenga que permanecer afuera durante unos días, prefiero volver a la jungla con mi familia”.

Fuente: Survival, http://www.survival.es/indigenas/Jarawa

2. Antes del contacto: fugitivos

Un número desconocido de indios Ayoreos viven aislados en el Chaco paraguayo, ese vasto bosque de matorrales que se extiende al sur de la cuenca del Amazonas. Parojnai (que se pronuncia Poujai) Picanerai, su esposa Ibore y sus cinco hijos han vivido huyendo durante muchos años. La zona de bosque que llamaban su hogar se había vuelto cada vez más pequeña y menos segura. Los terratenientes estaban comprando el bosque y enviando topadoras para despejar la tierra, desafiando las leyes nacionales e internacionales.

Las reiteradas incursiones de forasteros obligaban sin cesar a Parojnai y su familia a mudar su campamento. Cada mudanza implicaba perder los cultivos que habían realizado y, a menudo, preciadas posesiones como cacerolas y herramientas.

Parojnai cuenta: “Oímos el ruido de la topadora. Tuvimos que huir inmediatamente pero, por suerte, pudimos llevarnos todas nuestras cosas.”

“Pasamos la noche en el bosque, pero tuvimos que levantarnos antes del amanecer porque teníamos miedo, y al levantarnos oímos de nuevo el ruido de la topadora.”

“Comenzó a acercarse a nosotros. Mi mujer tuvo que dejar los frutos de najnuñane (algarrobo) que había recolectado. También tuvimos que dejar otras cosas para correr más rápido a causa de la topadora.”

“Corrimos de un lugar a otro. Era como si la topadora nos siguiera. Tuve que dejar mis herramientas, mi arco, mi cuerda, para correr más rápido. Al final, la topadora se fue en otra dirección. Cuando me di cuenta de eso, encontré un tronco con una colmena adentro, y saqué la miel.”

“Pensamos que la topadora podía vernos. Habíamos plantado muchas cosas en la huerta [melones, porotos, calabazas y maíz] porque era verano. Pensamos que la topadora había visto nuestra huerta y que venía para comer las frutas… y también a nosotros. La topadora abrió un sendero justo al lado de nuestra huerta, es por eso que le teníamos tanto miedo.”

“Siempre habíamos visto aviones, pero no sabíamos que eran algo útil para los cojñone [la gente blanca o, literalmente, la gente extraña]. También vimos largas nubes detrás del avión, que nos atemorizaron, porque pensamos que algo podía caernos encima. Cuando vimos esos grandes aviones con ese humo blanco detrás, pensamos que eran estrellas.”

Parojnai murió de tuberculosis en 2008.

Fuente: Survival, http://www.survival.es/indigenas/ayoreo

3. El contacto: una historia personal

Ibore, una mujer Ayoreo-Totobiegosode de Paraguay, cuenta cómo su familia decidió arriesgarlo todo e hizo contacto el 11 de junio de 1998.

“Caminamos hasta un lugar donde mi esposo Parojnai había afilado una lanza tiempo atrás. Nos quedamos allí, preparando nuestro campamento. Después de un rato oímos el ruido de un camión.

Fuimos a conseguir miel, porque Parojnai ya había encontrado un árbol con miel. Amajane y yo vimos una topadora. La vimos y nos acercamos, sin importar que los cojñone nos mataran; no nos importaba que nos mataran.

Allí vimos una pequeña casa . Amajane nos dijo: ‘Quédense aquí, mientras yo voy a averiguar cómo son los cojñone, y si es posible ponerse en contacto con ellos’. En esa época no sabíamos cómo eran los cojñone. Cuando volvió, Amajane nos dijo: ‘Vi a algunos cojñone pero me asusté y no pude acercarme más’.

Parojnai me preguntó si tenía miedo de los cojñone o no. Yo le contesté: ‘No tengo miedo, voy a acercarme más’.

Berui dijo: ‘Yo también voy con ustedes’. Pero yo le dije: ‘No quiero que vengas con nosotros. Si los cojñone nos matan, tú te ocuparás de tus hermanitos y vivirás con ellos.’ Berui obedeció y se quedó con sus hermanitos. Fuimos por el borde de un camino hacia los cojñone.

Encontramos la casa de los cojñone. Cuando llegamos hasta allí, Parojnai gritó ‘Me llamo Parojnai’, pero parecía no haber nadie en la casa. En ese momento, Amajane también gritó: ‘Mi nombre es Amajane. No vine a matarlos’.

Parojnai siguió gritando ‘Soy Parojnai’, y de pronto un cojñoi salió y vi cómo eran, vi que eran gente como nosotros. Otra vez le dije ‘No venimos a matarlos, más bien queremos vivir con ustedes’.

El hombre dijo ‘eh, eh, eh’, y me di cuenta de que estaba muy asustado. Siguió moviendo la cabeza y mirando hacia atrás, parecía que quería salir corriendo. Retrocedió y yo le dije, ‘No hay motivo para correr, no vamos a matarte, somos buena gente’.

Amajane le hizo señas para que se acercara. Cuando se acercó, lo abracé con un brazo y Parojnai lo abrazó del otro lado, y yo le dije, ‘Siéntate aquí’. Le dije ‘No tengas miedo de nosotros’, y le grité a Parojnai, ‘Tú también abrázalo, no queremos que vuelva a irse’, y siempre con las mismas palabras le dije, ‘No tengas miedo, no tengas miedo de nosotros, somos buena gente’. El hombre seguía repitiendo ‘eh, eh, eh’.

Yo seguí repitiendo ‘No tengas miedo’. El cojñoi agarró algo con su mano y yo le pregunté a Parojnai, ‘¿Qué es eso que tiene en la mano?’, y Parojnai contestó ‘Es un arma’. Y yo dije al cojñoi, ‘No nos tengas miedo, tráenos algo para comer, tenemos hambre’. El cojñoi entró a la casita y trajo una fuente llena de galletas y las comió frente a nosotros. Yo también las probé, pero no me gustaron.

El hombre pasó el plato y rió, ‘ji, ji, ji’, y trajo un poco de guiso en otro plato. Como con las galletas, lo comió frente a nosotros, yo también lo probé, y no me gustó.

Parojnai dijo, ‘Tráenos agua, tengo sed, quiero tomar agua’. Vimos un balde, y había agua adentro, y bebimos. Amajane llegó justo cuando ya habíamos encontrado el agua del cojñoi. Amajane tuvo miedo del agua y la derramó. Yo le dije, ‘No debiste derramar el agua’.

El cojñoi entró a su casita y salió con un arma. Amajane y su padre permanecieron junto al hombre todo el tiempo, lo siguieron paso a paso. De pronto, disparó al aire.

Yo me asusté, pensando que estaba disparando contra mi hijo y mi marido. Y grité de miedo, y de pronto el hombre se sacó la camisa y me la pasó, riendo. Y entonces yo fui a darle mi collar de purucode y se lo puse alrededor del cuello. Parojnai también sacó un collar de purucode y se lo puso al cuello.”

Ibore y sus hijos viven ahora en una pequeña aldea Ayoreo junto al bosque. Parojnai se enfermó de gripe y tuberculosis poco después del contacto, y murió de tuberculosis en 2008.

Fuente: Survival, http://www.survival.es/indigenas/ayoreo

4. El “Último de la Tribu”

Se cree que este hombre solitario es el último sobreviviente de su pueblo, que fue probablemente masacrado por los ganaderos que ocupan la región de Tanaru en el Estado de Rondônia, así como sus vecinos más cercanos, los cinco últimos sobrevivientes del pueblo Akuntsu. Cuando se les contactó por primera vez en 1995, contaron cómo su gente había sido diezmada por los hombres armados de la hacienda, que derribaron sus chozas con topadoras y dispararon contra los que intentaron escapar.

El hombre vive solo y está siempre huyendo. No sabemos su nombre, a qué tribu pertenece ni qué idioma habla.

Algunos lo llaman simplemente “el Hombre del Hoyo” debido a los grandes agujeros que excava, ya sea para atrapar animales o para esconderse.

Rechaza de plano cualquier tipo de contacto.

Para protegerlo, el departamento de asuntos indígenas de Brasil designó oficialmente una pequeña parcela de bosque; ésta está totalmente rodeada por haciendas ganaderas.

Fuente: Survival, http://www.survival.es/indigenas/aislados-brasil

5. Karapiru Awá, Maranhão, Brasil

Según fue relatado a Survival en 2000

La mayoría de los Awá que han sido contactados – y muchos que no lo fueron – son los sobrevivientes de masacres brutales que los dejaron profundamente marcados mental y físicamente. Uno de ellos es Karapiru, cuya increíble historia muestra la capacidad de resistencia del pueblo Awá. Pasó unos diez años solo, huyendo siempre, y terminó estableciendo un contacto amistoso con aldeanos de Bahía. Había recorrido cerca de 1.000 km desde su hogar. Mucho después se reunió con su hijo Tiramucum, que había sobrevivido a la masacre.

“En la época de la masacre, yo fui el único sobreviviente de la familia. Me escondí en el bosque y escapé de los karaí [los que no son indígenas]. Mataron a mi madre, mis hermanos, mis hermanas y mi esposa. Yo sobreviví, arreglándomelas siempre para huir de los ganaderos. Recorrí un largo, largo trecho, siempre escondiéndome en el bosque. Pasé mucha hambre y era muy difícil sobrevivir. Comí pequeños pájaros; más tarde, cuando estuve lejos del lugar donde sucedió la masacre, comencé a agarrar animales de la gente blanca aquí y allá, pero siempre tenía que huir. Comí miel. Encontré un machete, y siempre lo llevaba conmigo; era un arma y también me servía para conseguir miel.

Cuando me hirieron durante la masacre sufrí mucho, porque no podía poner ninguna medicina en mi espalda. No podía ver la herida. Es increíble que hubiera podido escapar, fue gracias al Tupã [el espíritu]. Pasé días caminando, dolorido, con el plomo en la espalda, sangrando. No sé cómo no se llenó de insectos. Pero me las arreglé para escapar de los blancos.

Pasé mucho tiempo en el bosque, hambriento y perseguido por los ganaderos. Estaba siempre huyendo, solo. No tenía una familia que me ayudara, con la que hablar. Así que me adentré cada vez más en el bosque. Hoy no sabría decirles hasta dónde fui. Estaba muy triste y a veces no quiero recordar todo lo que me sucedió, el tiempo que pasé en el bosque. Aquí me siento bien con los otros Awás. Y encontré a mi hijo después de muchos años.

Espero que cuando mi hija crezca no tenga que enfrentarse a las dificultades que yo he tenido. Espero que todo sea mejor para ella. Espero que no le sucedan las cosas que me sucedieron a mí. Espero que crezca con muy buena salud. Espero que no sea como en mis tiempos.”

Fuente: Survival, http://www.survival.es/awa

6. El relato de Wamaxuá, Awá Del Estado de Maranhão, Brasil

Según fue relatado a Survival en 2010

Wamaxuá es un Awá que, junto a su madre y a varios otros Awás, fue contactado por un grupo de Awás ya contactados. Él y su madre viven ahora en una aldea Awá. Los demás Awás de su grupo decidieron volver a su vida nómada en el bosque.

“Algunos Awás nos veían en el bosque. Deben haberse preguntado dónde vivíamos. Algunos de ellos fueron a ver y encontraron nuestra casa en el bosque.

Yo crecí en el bosque. A menudo salía solo a cazar.

Los karaí estuvieron en el bosque durante un tiempo, talando árboles. Caminando por el bosque veíamos que habían pasado por allí. La primera vez que los vi, yo era aún muy pequeño. Mi padre todavía vivía. Él tenía mucho miedo de los no indios.
Tres Awás que vinieron conmigo [en la época del contacto con otros Awá ya contactados] regresaron a vivir en el bosque. Se quedaron un tiempo. Participaron en el ritual y durmieron allí durante algunos días, pero no quisieron quedarse.

Todavía hay Awás que viven en el bosque. Viven huyendo de los no indios. Encuentran sus huellas y huyen atemorizados.

Rompen cocos de babaçu y cortan árboles en silencio, para que nadie se dé cuenta de que están allí. Cazan monos y otros animales, de noche, escondidos.

A veces pasan hambre durante el día. Lo sé porque he vivido en el bosque. Antes de venir aquí, pasé por todo eso en el bosque. Deben seguir escondiéndose, huyendo siempre, como yo lo hacía.

¿Qué les sucederá? ¡Los no indios siguen en el bosque! Los no indios están demorando demasiado en irse, han estado dando vueltas por ahí durante mucho tiempo. Lamentablemente, siguen destruyendo el bosque. ¡Es una tragedia! Estoy muy preocupado.

¿Qué les sucederá a ellos, mis hermanos que siguen viviendo allí? Es probable que sigan huyendo. Temíamos a los leñadores cuando vivíamos en el bosque, y aún hoy, viviendo aquí, temo su presencia. Van a destruir nuestro bosque.”

Fuente: Survival, http://www.survival.es/awa