Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Condiciones de trabajo en las plantaciones de palma aceitera

La siguiente descripción del trabajo en las plantaciones fue escrita en 1987. Desgraciadamente, en términos generales la situación no ha mejorado demasiado y por lo tanto es aplicable a la mayoría de las plantaciones actuales.

“Trabajar en una plantación de palma aceitera es extremadamente agotador y peligroso. Los frutos de palma aceitera (usados para fabricar margarina y aceite de cocina) crecen junto a frondas espinosas, a una altura de entre 4 y 5 metros del suelo. Se cortan con una vara larga y pesada, y es probable que la piel, cabeza y ojos del cosechador sean cortados por las frondas que caen. En las plantaciones malayas, el fruto es cortado principalmente por hombres, mientras que las mujeres recolectan y cargan ramas de frutos de 40 quilogramos, y las espinas pueden alojarse en las manos en forma permanente, causando infección e irritación constante.

En raras ocasiones se proporciona vestimenta de protección a las mujeres que rocían una mezcla de paraquat letal sobre el terreno para eliminar malezas. Esas vestimentas son muy calurosas para el clima, y tampoco brindan mucha protección: cuando las rociadoras apuntan a las malezas, el rocío fino se propaga y se desliza dentro de la ropa. Algunas personas creen que las sustancias químicas producen la desintegración del material.

Los sueldos en las plantaciones son bajos. Los trabajadores de las plantaciones de palma aceitera en Malasia ganan sueldos apenas inferiores a los de la industria, si tienen suerte.

Ganar el sueldo semanal completo generalmente implica largas horas de trabajo bajo el sol agobiante, luchando para cumplir la cuota de frutos de palma de aceitera de la compañía. En general toda la familia trabaja junta, madres, abuelos, padres e hijos. Sus ingresos también dependen del precio del mercado mundial del aceite de palma, y fluctúan con este precio”.

Artículo basado en información obtenida de: Barbara Dinham. “Planting Poverty. New Internationalist 172, June 1987.