Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Sudáfrica: las minas se alimentan de los bosques

El período colonial de la historia de Sudáfrica ha dejado como herencia una mentalidad que fomenta la explotación de todo lo que se pueda extraer de la tierra y exportar para alimentar el apetito rapaz de las industrias y consumidores del primer mundo. Éste fue el motor del imperativo colonial de Inglaterra, Portugal, Francia y España en los siglos pasados, y si bien hubo transformaciones políticas en los países africanos antes colonizados, las fuerzas económicas siguen siendo en gran medida las mismas. En todo caso, el logro de la independencia ha empeorado la situación, ya que los nuevos gobiernos, sometidos a la presión de equilibrar sus presupuestos, han permitido la explotación de minerales y otros recursos, para acelerar la aun no lograda independencia económica.

Sudáfrica es famosa por su oro y sus diamantes, pero tiene muchos otros minerales. La mayoría de ellos se exportan sin procesar. En un principio, la minería se realizaba principalmente mediante pozos de extracción que requerían soportes de madera. El auge del oro produjo la demanda masiva de madera para la infraestructura minera, la construcción de viviendas, vagones de transporte y durmientes para vías férreas, madera que fue extraída de bosques que en ese momento abundaban en la región oriental de Sudáfrica. Cuando se tornó obvio que los recursos eran limitados, se establecieron plantaciones de árboles exóticos. Teóricamente, la presión de los bosques fue transferida a las plantaciones, pero existen muchas formas en las que las plantaciones a su vez generan impactos negativos sobre las pocas zonas restantes de bosques naturales.

La tecnología y equipos modernos han hecho posible la extracción minera a escala mucho mayor. En lugares donde los minerales están ubicados cerca de la superficie, hay pozos abiertos masivos de los cuales se extrae el mineral. La mina a cielo abierto más famosa de Sudáfrica es el Gran Pozo de Kimberley, actualmente agotado. La minería a cielo abierto fue común a lo largo de la costa oeste, en la hermosa zona de Namaqualand, y también en Cabo del Norte (Sishen) y en la Provincia del Norte (Phalaborwa).

También se realizó extracción con excavadoras en el litoral oriental, que está geológicamente activo en el sentido de presentar movimiento en la interface costera causado por el proceso natural de formación de dunas de arena. Este proceso ha estado activo durante más de 100.000 años, pero las dunas más recientes (hasta 25.000 años) han representado una oportunidad para la extracción de minerales. La primera extracción en gran escala de estos minerales -especialmente ilmenita, zircón y rutilo- se realizó en la costa sur de KwaZulu Natal (KZN) en la década de los 1950. Esta operación produjo un valor económico limitado y fue abandonada.

A principio de la década de 1970, RBM (Richards Bay Minerals) comenzó a realizar actividades de extracción en las dunas cubiertas de bosque a lo largo de la costa noreste de KwaZulu Natal. Este proceso tuvo lugar en una época de aislamiento político, en que Sudáfrica estaba bajo la presión, tanto interna como externa, de terminar con el Apartheid. El país se volvió víctima de un gobierno ilegal y de los planes de sus aliados extranjeros de explotar cualquier tipo de mineral bruto disponible. Las compañías extranjeras que querían minerales recibían incentivos bajo la forma de subsidios, desgravación fiscal y reintegros a la exportación. Los costos ambientales derivados de estas operaciones impulsadas artificialmente fueron ignorados y efectivamente trasladados a las comunidades locales. Como consecuencia, futuras generaciones de sudafricanos deberán soportar las consecuencias de un medio ambiente gravemente dañado, y la pérdida del uso de los recursos que les fueron robados. El único beneficio tangible de estas actividades fueron las divisas extranjeras que tan desesperadamente necesitaba Sudáfrica para sortear las sanciones impuestas por la comunidad internacional y el bajo costo para las empresas mineras, aumentando las ganancias de las operaciones de procesamiento e industrialización en países como Canadá.

Si bien todo tipo de minería crea problemas en términos de destrucción ambiental y explotación de recursos (incluídos los recursos humanos), el ejemplo de Richards Bay es seguramente uno de los peores.

La escala y extensión de la destrucción ambiental deliberada que forma parte del proceso de minería continúa hasta hoy día. Es de una escala tan vasta que es difícil de imaginar. La expresión “mover montañas” podría dar una idea de la cantidad de tierra que se mueve y procesa en el curso de la extracción de minerales que se lleva a cabo en las dunas.

La compañía minera obtuvo contratos de prospección y extracción del gobierno sudafricano. Los acuerdos iniciales parecieron favorecer a los pobladores locales que habían sido trasladados fuera del área de extracción, pero con el transcurso del tiempo, los aspectos de los acuerdos que fueron diseñados para proteger y compensar a las comunidades locales han sido sistemáticamente eliminados.

El medio ambiente natural, en el que primaban bosques prístinos con árboles de más de trescientos años, fue destruido. Miles de hectáreas de este raro tipo de bosque fueron destruídas y reemplazadas por ensayo de restauración de la vegetación (que quizás algún día llegue a parecerse al bosque original), en las montañas de arena creadas en las áreas ya explotadas.

La compañía minera ha gastado cantidades astronómicas de dinero en propaganda, afirmando que sus esfuerzos por regenerar la vegetación han tenido éxito. Si se mira detrás de la fachada de relaciones públicas se puede ver una imagen muy diferente, una especie de Frankenstein ecológico. No han cumplido las condiciones de los contratos donde se establecía que el área a lo largo de la duna frontal (frente al mar) no debía ser explotada. En forma similar, áreas a lo largo de vías fluviales navegables y lagos que debían ser protegidas, han sido explotadas ilegalmente, y el gobierno no ha impuesto ninguna sanción a la compañía.

También existen muchos otros impactos, que van más allá del lugar de explotación minera, que son en gran medida ignorados. El hundimiento de las dunas producto del incumplimiento de respetar el margen de retiro a lo largo de las dunas costeras ha producido una grave erosión y ha vuelto las playas efectivamente inutilizables para el turismo y otras actividades recreativas. La autoridad pertinente, el Departamento Nacional de Minería y Energía, aparentemente ha ignorado otros problemas, porque a su entender los beneficios percibidos por concepto de la minería superan los daños al medio ambiente.

Existe una gran falta de comprensión del valor intrínseco de los bosques y los beneficios que obtienen los seres humanos de las funciones ecológicas de los mismos. La no demostrada afirmación de la compañía de que su programa de vegetación permitiría finalmente reestablecer los bosques de duna originales sobre las montañas de arena ya procesada ha reducido la antipatía pública hacia sus operaciones. La misma mentira fue contada tantas veces que ahora incluso parece que personas con un nivel educativo bastante bueno son incapaces de ver la realidad. La compañía celebró acuerdos de financiación con instituciones académicas como el Mammal Research Institute (Instituto de Investigación sobre Mamíferos) de la Universidad de Pretoria, que consistentemente ha presentado hallazgos de investigaciones que parecen respaldar las declaraciones de éxito de la compañía. Sin embargo, existen muchos puntos de vista contradictorios, e investigaciones realizadas por científicos de la Universidad de Ciudad del Cabo han cuestionado las afirmaciones de aquellos que fueron pagos por la compañía minera. En términos de evidencia empírica, hay muy poca que apoye la noción de que el experimento actual llevará al reestablecimiento del bosque y matorrales destruidos.

Las futuras generaciones que habiten el área que está siendo explotada actualmente tendrán que pagar un alto precio por todo lo sucedido en los últimos 30 años. No habrá recursos minerales después de que termine la extracción, y el valor intrínseco del paisaje se habrá virtualmente eliminado cuando la compañía minera empaque sus maletas y se vaya en busca de lugares más productivos. El área que ha sido explotada en Richards Bay es ahora básicamente una pila de arena homogénea que ya no tiene la capacidad de funcionar ecológica o hidrológicamente como las dunas originales. La tierra no podrá sostener la agricultura como antes. No habrá recursos de madera dura para suministrar madera para instrumentos y vivienda. Las plantas y animales que proporcionaban medicinas y alimentos habrán desaparecido. Dos tercios del área será plantada con Casuarina exótica que tendrá cierto valor como leña para los pobladores locales pero con beneficios muy limitados. Los árboles indígenas de Acacia natalitia que se han plantado también tendrán un uso limitado como leña y la maleza quizás permita realizar algo de pastoreo.

Otra táctica de relaciones públicas de la compañía minera ha sido establecer “proyectos de comunidades” que supuestamente ayudarán a generar capacidades que permitan a los pobladores locales sostenerse después de que finalice la actividad de extracción. La capacitación brindada incluye oficios básicos y actividades agrícolas, que pueden ayudar en cierta medida, pero al mismo tiempo se han perdido las habilidades y conocimientos tradicionales. La intricada relación entre los pobladores locales y su ambiente natural se verá reemplazada por la mentalidad explotadora de la corporación multinacional que ha dominado la economía local desde que comenzó la minería.

Pero para ese momento no quedará nada para explotar.

Por: Wally Menne, correo electrónico: plantnet@iafrica.com . Fotos del área minera están disponibles en: http://www.wrm.org.uy/countries/SouthAfrica/global.html