Expulsados del Edén: nuestra búsqueda del paraíso siempre parece terminar en la expulsión o el genocidio

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Se trata seguramente de una de las evasiones de la realidad más descaradas que se haya pintado nunca. El cuadro "The Cornfield" (el campo de maíz), de John Constable, finalizado en 1826 y que ahora integra la nueva exposición "Paraíso" de la Galería Nacional de Londres, evoca, en el momento culminante del proceso de cercado de tierras, una perfecta campiña bucólica. Justo en el momento en que los campesinos eran expulsados de sus tierras, sus cultivos destruidos, sus casas arrasadas y los opositores expulsados o colgados en la horca, Constable conjura la Arcadia inglesa perfecta. Un perro acompaña a un rebaño de ovejas hacia la sombra profunda de la arboleda en un día de verano. Un rubicundo muchacho campesino bebe de un arroyo que brilla al sol, mientras los asnos pacen tranquilamente a sus espaldas. En el fondo, enmarcados por grandes olmos, hombres con sombrero y pañuelos al cuello trabajan en un campo de trigo. Más atrás, resplandece un río a través de las vegas. Entre los árboles surge una iglesia para bendecir a los felices nativos y a su otro Edén.

En medio del infierno rural, Constable inventa su cielo. Es una mentira descarada y no deberíamos sorprendernos al leer en el folleto de la galería que esa obra es una de las "pinturas favoritas de la nación, reproducida innumerables veces y que cuelga en cientos de hogares". Porque lo que hizo Constable es lo que han hecho siempre los seres humanos, lo mismo que continúan haciendo hasta hoy día. Confrontados con las atrocidades, invocamos un milagro prelapsario. Construimos nuestros Jardines del Edén, reales o imaginarios, sobre el infierno de otros pueblos.

La exposición es oportuna, porque es en esta estación que dejamos nuestros hogares en busca del paraíso. Al hacerlo, causamos la miseria de otros pueblos. No es solo el ruido con el que llenamos sus vidas al procurar nuestra propia tranquilidad. Para crear un Edén en el que podamos entretenernos en inocencia y desnudez, debemos primero encargar a otros que lo despejen, barriendo a sus habitantes. Como Constable, somos adeptos a ocultarnos esta verdad.

El valle Yosemite en California fue designado por Abraham Lincoln como la primer área silvestre pública del mundo. Como registra el historiador Simon Schama, "el brillante prado que sugirió a sus primeros eulogistas un prístino edén fue de hecho el resultado de los primeros despejes con fuego practicados en forma regular por sus ocupantes, los indios Ahwahneechee". Los primeros blancos que entraron al valle fueron los soldados enviados para asesinarlos. El Edén, en una inversión de la historia bíblica, fue creado entonces por la expulsión del Hombre. Los colonizadores redefinieron el hábitat que había sido manejado por los Ahwahneechee, como área silvestre, para así imponer sobre él su dominio temporal y espiritual.

El Jardín del Edén estadounidense es, en otras palabras, en realidad su Canaan, la tierra de leche y miel de la cual primero habría que eliminar a los pueblos indígenas para que los invasores pudieran reclamarla como su patrimonio. La ley de Moisés de "terra nullius" (por la que los habitantes no poseen ningún derecho legal sobre sus tierras), que permitió que el Señor determinara "aplastar las sienes de Moab y destruir a todos los hijos de Seth", se ha convertido en el credo fundador de los usurpadores en todo el mundo. Sigue siendo la inspiración de la ocupación de territorios en el Israel moderno, que ahora busca convertirse en un jardín amurallado; sigue siendo la guía de las expropiaciones en las cuales se basa gran parte de la industria turística mundial.

En la segunda mitad del siglo XX, cuando el costo del transporte internacional disminuyó, los gobiernos descubrieron un incentivo financiero poderoso para crear, en las tierras de los pobres, un paraíso para los ricos. En todo el este y el sur de África, las tierras más fértiles de los nómades y los cazadores-recolectores fueron declaradas "áreas silvestres primordiales". Los habitantes fueron excluidos; sólo quienes se pueden dar el lujo de pagar pueden entrar al paraíso. Es posible leer sobre la Reserva Maasai Mara en el sitio web de la Oficina de Turismo de Kenya, bajo el encabezado "Vida silvestre". Allí se nos informa que los Maasai, "se consideran a sí mismos... parte de la vida de la tierra tanto como la tierra es parte de sus vidas. Tradicionalmente, es excepcional que los Maasai cacen, y vivir en armonía junto a la vida silvestre es una parte importante de sus creencias". Lo que no dice es que los Maasai fueron sacados del "área silvestre" en la que vivían en armonía con la vida silvestre, porque los turistas no esperaban verlos allí.

El gobierno de Botswana acaba de finalizar la expulsión de los bosquimanos Gana y Gwi de la Reserva de Caza del Kalahari Central, argumentando que sus actividades de caza y recolección se han vuelto "obsoletas" y que su presencia ya no es compatible con la "preservación de los recursos silvestres". Para librarse de ellos, como lo demostrara Survival International, les cortó el suministro de agua, les impuso impuestos y multas, los golpeó y los torturó. Los bosquimanos han vivido en esa región durante más de 20.000 años; la vida silvestre no se ve amenazada por ellos, pero podría serlo por la libertad otorgada a la minería de diamantes y a la industria turística. Después de expulsar a los bosquimanos de sus tierras ancestrales, el gobierno ahora invita a los turistas a visitar lo que en su sitio web llama "el último Paraíso".

Los precursores de las reservas de caza fueron los parques de venados y otros paraísos terrenales que la aristocracia construyó para su disfrute personal en Gran Bretaña. En los jardines Stowe en Buckinghamshire, cuyo paisaje fuera diseñado en la década de 1740 por Capability Brown, por encargo del político conservador Lord Cobham, hay un valle que lleva el nombre de "Campos Elíseos", el paraíso de los antiguos griegos. Escondida entre los árboles en el corazón del paraíso hay una iglesia: la única evidencia que queda de una de las poblaciones eliminadas para dar lugar a esta finca. Podemos revisar toda la literatura del "National Trust" [organización que preserva el acervo histórico en Gran Bretaña] en busca de alguna referencia a la gente que vivía allí o en los demás lugares que fueran convertidos en las grandes fincas que esta institución preserva, pero sería una pérdida de tiempo. La ONG más grande de Gran Bretaña cuenta una vez más la historia del paraíso, pero se cubre los ojos para no ver el infierno.

Nos engañamos a nosotros mismos exactamente de igual forma cuando construimos nuestros Edenes virtuales. Paul Gauguin buscó su jardín de la inocencia en el Pacífico sur, pero encontró en su lugar una sociedad destrozada por la colonización francesa y las enfermedades venéreas. Al igual que Constable, pintó de todas formas un paraíso: el cuadro que aparece en la Galería Nacional fue copiado en gran medida de un friso de un templo javanés, en cuyo Edén inverosímil Gauguin insertó a sus tahitianos etéreos. Quizás la pintura más perturbadora de la exhibición es "Paisaje con molino de agua", de Francois Boucher. En la campiña francesa en 1755, los campesinos sobrevivían comiendo cáscaras, pasto y bellotas, pero Boucher muestra doncellas regordetas vestidas de blanco que deambulan entre sus tareas domésticas, mientras los muchachos holgazanean en bucólico esplendor a orillas del río. La pintura parece haber sido producida para embellecer las paredes del hogar de un terrateniente. Hoy hallamos estas mentiras repetidas en nuestras pantallas de televisión, en los programas sobre viajes y vida silvestre que buscan persuadirnos de que todo está bien en los lugares de recreo predilectos del hombre blanco.

El paraíso es el mito fundacional del colonizador. Incapaces de contemplar la verdad de lo que hacemos, extraemos de nuestra insondable culpa colectiva una historia de inocencia primordial.

Por George Monbiot. Publicado en The Guardian el 8 de agosto de 2003.