Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

La lucha de los pueblos que viven del manglar: una lucha por la visibilidad, por los derechos y contra el consumo destructivo

(Photo: Greenpeace International)

El manglar, en su condición de bosque, podría ser considerado como el bosque tropical más olvidado o invisible del planeta. Y sus habitantes, los más olvidados e invisibles entre las poblaciones que dependen directamente de los bosques para su supervivencia.

Pero la importancia de los manglares y de las poblaciones que los conservan es innegable. Basta mirar el llamamiento de este mes de la red en defensa de los manglares Redmanglar Internacional, donde anuncia el Día Internacional para la Defensa del Ecosistema Manglar, que se celebra el 26 de julio. El llamamiento destaca las funciones de reproducción, alimentación y refugio que cumplen los manglares de las zonas costeras del mundo para la gran mayoría – el 75%- de las especies animales tropicales. Son, además, el medio de sustento de millones de familias en todo el mundo.

Comunidades y ONGs que defienden el manglar y el modo de vida de sus poblaciones hacen cotidianamente un esfuerzo enorme contra la “invisibilidad’ del manglar y de sus pueblos, enfrentando una continua ola de proyectos privatizadores que incluyen la cría de camarón y de peces, grandes puertos para exportación, turismo en gran escala, centrales siderúrgicas, parques eólicos, explotación de petróleo, minería, cientos de proyectos de hidroeléctricas, además de monocultivos industriales como el de aceite de palma y el de caña de azúcar, que invaden y contaminan los manglares.

Luchar por la defensa de los manglares significa, en primer lugar, defender los derechos de las poblaciones sobre los territorios, ríos y manglares de los cuales dependen. Pero a los protagonistas del actual modelo destructivo de desarrollo esto no les importa. Aún así, afirman que están preocupados por el medio ambiente, que están promoviendo una “economía verde”, “sustentable”, que usan cada vez más “energías renovables”. Un buen ejemplo de la contradicción entre ese discurso y la realidad es lo que ocurre en la región costera del estado de Maranhão, Brasil, en las proximidades de la ciudad de São Luís, donde la empresa brasileña Suzano Papel e Celulosa pretende instalar un puerto de exportación de “pellets” de madera provenientes de plantaciones industriales de eucaliptos. Mientras esas plantaciones de biomasa ya están invadiendo y destruyendo los territorios de las comunidades tradicionales del Baixo Parnaíba, en el interior del estado de Maranhão, el puerto proyectado invadiría y destruiría una zona de ríos, manglares y mar de la que depende el sustento de 500 familias. Surge entonces una pregunta: ¿qué hay de “renovable”, “verde” o “sustentable” en un proyecto que destruye la vegetación y que va a destruir más manglares en Brasil para contribuir a un aumento del uso de “energía renovable” en Europa, hacia donde se exportarán los pellets y donde se usarán para generar electricidad que alimente un consumo energético alto, por no decir despilfarrador?

El modelo globalizado de producción y consumo que requiere, cada vez más, concentrar, privatizar, destruir tierras y expulsar poblaciones para garantizar ganancias a los principales interesados, como los bancos o las empresas está en la raíz de la destrucción de los manglares. En lugar de abstenerse de este tipo de proyectos y enfrentar las causas subyacentes lo que ha surgido como novedoso, paralelamente a la continua destrucción de los manglares con excepción de algunas zonas como parques costeros, son las propuestas de “carbono azul”, que se considera el “REDD+ de los manglares y zonas costeras”.

De ser verdad lo afirmado por los defensores del “carbono azul”, que el manglar y los ecosistemas costeros almacenan, en general, vastas cantidades de carbono, nada sería más urgente que conservarlos a nivel mundial. Luchar por los derechos territoriales de las poblaciones que dependen de tales ecosistemas sería la forma más segura de conservar esos bosques tan amenazados y garantizar el sustento de las comunidades que dependen de ellos. Sin embargo, las diversas iniciativas que defienden el “carbono azul” – divulgadas en páginas web – no hablan de derechos. En general, afirman que las comunidades se “beneficiarán” o “serán contempladas” en los proyectos de carbono, o sea, con la esperada venta de carbono “almacenado”. Sin embargo, no hay garantías de ello; por cierto, REDD+ está en plena crisis. Pero eso no parece impedir que los fondos de carbono ahora también oferten el “carbono azul”, incentivando a que empresas privadas inviertan bajo la promesa de un “buen retorno” con el comercio de los “activos” de carbono. Pues bien, ¿cómo conservar el manglar con inversionistas que se encuentran dentro de un modelo que se basa en la destrucción y que incentiva, de forma continua, las actividades citadas anteriormente, que son justamente las que amenazan la supervivencia de los manglares?

En su lugar, creemos que es necesario concentrar esfuerzos para apoyar a las organizaciones comunitarias, ONGs y diversas redes que luchan por los derechos territoriales de las poblaciones que dependen de los manglares y que destacan el importante rol de las mujeres en las comunidades. También es una lucha por el reconocimiento del modo de vida de esas poblaciones y de su identidad como población diferenciada, de la importancia de la pesca artesanal para la soberanía alimentaria de las comunidades y de la región que habitan, y de la contribución de esas comunidades a la conservación del medio ambiente.

En una lucha paralela, con un fuerte carácter de solidaridad con los pueblos del manglar, se desarrollan campañas que buscan sensibilizar a los consumidores sobre los productos directamente relacionados con la destrucción de los manglares. Un buen ejemplo es la campaña realizada en Suecia (ver artículo en este boletín), con un claro mensaje: no consumir un producto – el camarón – cuya producción industrial es responsable de la destrucción de algo tan importante como los manglares. Es de destacar en esta campaña que no se sugiere como “alternativa” el consumo de un camarón “certificado” – algo que para los defensores del “carbono azul” sería una “solución” para evitar la continua destrucción de los manglares. Por su parte, las organizaciones comunitarias y sus redes resisten fuertemente esta falsa idea del “camarón certificado”, o sea “sustentable” (ver declaración Redmanglar, en este boletín).

Nos sumamos a esas voces que afirman claramente que no existe la posibilidad de una producción industrial de camarón “sustentable”, como también es una idea falsa querer producir celulosa y papel sustentable a partir de monocultivos de árboles plantados en gran escala. Se trata de formas de producción que son, por definición, insustentables y destructivas para el futuro de los bosques y sus poblaciones. Lo que importa es cambiar los modelos de producción y consumo dominantes en el mundo.