Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Análisis del discurso del capitalismo “verde”: el significado de Naturaleza en el concepto “basado en la naturaleza”

El término “soluciones basadas en la naturaleza”, considerando los proyectos excluyentes y depredadores que se agrupan detrás, revela algo fundamental. La civilización occidental ha basado gran parte de su dominación en su relación problemática y hostil con la naturaleza: un recurso explotable a la vez que algo para venerar como intacto y “puro”.

Foto de la portada del libro “Capital Natural: Teoría y práctica del mapeo de servicios ecosistémicos”, que ilustra la visión dicotómica que se manifiesta con la financiarización de la naturaleza: tierra dividida sin remanentes en agroindustria de alta tecnología y un paisaje ‘prístino’ deshabitado.

Discurso y desarrollo

El poder del discurso radica en su capacidad para establecer “regímenes de la verdad.” Cuando los filósofos, sociólogos o lingüistas utilizan el término discurso, generalmente se refieren a un conjunto de prácticas sociales y lingüísticas que legitiman determinados tipos de conocimiento, consolidan determinadas nociones, definiciones de problemas, visiones del mundo, etc. de tal manera que acaban siendo aceptadas por la sociedad como si fueran obvias. Un elemento central para el establecimiento de tales “regímenes de la verdad” son las dicotomías – pares de términos opuestos, mutuamente excluyentes – como, por ejemplo, “sano” versus “insano”, “normal” versus “anormal”, “desarrollado” versus “subdesarrollado”. El “régimen de la verdad” sirve para determinar qué se puede decir legítimamente y quién lo puede decir. Al establecer un régimen de ese tipo, un discurso instituye y solidifica ciertas relaciones de poder. El análisis del discurso, tal como lo introdujo el filósofo francés Michel Foucault a fines de la década de 1960, (1) busca revelar el vínculo verdad-poder de un discurso particular para desmantelarlo, para deconstruir los conceptos que se han construido y naturalizado a través de él.

Aplicando este enfoque, el pensador colombiano Arturo Escobar (2) expuso las relaciones de poder dentro del discurso del “desarrollo” implementado después de la Segunda Guerra Mundial entre los países industrializados y el así definido “Tercer Mundo”. Al producir una noción de “riqueza” como algo que podía cuantificarse y medirse en términos de ingreso per cápita o producto nacional bruto, los pueblos cuyas economías no se basaban principalmente en el dinero – como las formas de vida tradicionales y las comunidades de subsistencia – ahora eran percibidas como “pobres”, y traerles el desarrollo era una obligación moral del “Primer Mundo”. La ola de proyectos de desarrollo en las décadas siguientes dio a las industrias occidentales acceso a los recursos naturales y les creó nuevos caminos para que introdujeran la cultura de consumo en el Sur global.

En la década de 1980 ya no era posible ignorar las desastrosas consecuencias del crecimiento económico capitalista globalizado, y entonces apareció el adjetivo “sostenible” antecediendo la palabra desarrollo. Los organismos de desarrollo y las grandes ONG debían crear nuevas narrativas sobre los campesinos, los pueblos indígenas, las mujeres y el medio ambiente. Sin embargo, en realidad, los proyectos de “desarrollo sostenible” se implementaron de forma verticalista, lo que provocó que las comunidades rurales fueran invadidas por especialistas ambientales, ingenieros forestales, antropólogos, etc., quienes vinieron a “enseñarles” cómo usar sus tierras de forma “sostenible”. En esencia, estos proyectos y programas reiteran el paradigma del crecimiento económico y reproducen hasta hoy las relaciones neocoloniales de poder.

El discurso del capitalismo “verde”

Más recientemente han aparecido otros discursos que de alguna manera son diferentes. Hace veinte o treinta años se utilizaban términos como sostenibilidad, biodiversidad o reducción de emisiones para sugerir proyectos con una base científica. Pero en los últimos diez años vienen pasando a primer plano cada vez más expresiones que son técnicamente más vagas, que suenan bien para la audiencia y abren la puerta a los negocios.

La “economía verde” se propagó hace diez años como un nuevo modelo económico que incluía una amplia gama de tecnologías, desde la energía solar hasta el comercio de carbono, transmitiendo la idea general de que la economía capitalista no es un problema, sino la solución. (3) Asimismo, la idea de la “bioeconomía circular” (4) evoca asociaciones con el círculo armónico de la vida y promete salvar el planeta a través de la valoración del “capital natural” y una transición a la “economía mariposa.” (5) También se está promoviendo últimamente con gran fuerza la idea de “soluciones basadas en la naturaleza” como un modelo supuestamente nuevo para combatir el cambio climático y proporcionar “beneficios para el bienestar humano y la biodiversidad”. (6) La introducción masiva de tales términos ecológicos y económicos de uso múltiple indica que el discurso del “desarrollo sostenible”, tal como lo describieron autores como Arturo Escobar en la década de 1990, se encuentra ahora en una fase nueva y diferente, y sería más apropiado describirlo como el discurso del capitalismo “verde”.

Entonces, ¿cuál es la razón de este cambio? ¿Cuáles son los nuevos intereses económicos y de poder que exigen la adaptación del “régimen de la verdad”?

Los típicos proyectos de desarrollo sostenible de la década de 1990, que seguían el lema de “o lo usas o lo pierdes”, procuraban hacer una utilización económica de la naturaleza mediante la extracción física de productos de áreas protegidas, como productos forestales no maderables (por ejemplo látex, nueces) o madera extraída de forma “sostenible”. Los proyectos de la última década, por el contrario, están cada vez más imbuidos del interés de la compensación ambiental y climática. Según esta lógica, para que las áreas protegidas sirvan como peones de la destrucción o la contaminación en otras áreas, es necesario minimizar o prohibir cualquier interferencia humana con los llamados “servicios ecosistémicos” (por ejemplo, almacenamiento de carbono, preservación de la biodiversidad) encargados de “compensar” la destrucción del mismo “servicio” en otro lugar. Lo que distingue a los proyectos actuales de los anteriores son los nuevos mecanismos de apropiación. La compensación ambiental y climática extrae valor comercial de la naturaleza volviéndola “virtual.” Los llamados “servicios ecosistémicos”, una vez cuantificados, se consideran intercambiables. De esta manera, sin que se extraiga o produzca nada físicamente, se crean “activos financieros” de la tierra en forma de certificados.

La fundamentación lógica de tales proyectos no solo es errónea (ya que pagar para contaminar no es una solución), (7) sino también profundamente inhumana, ya que en última instancia apunta a criminalizar y desalojar a los pueblos tradicionales de sus tierras.

Con el fin de ocultar este razonamiento subyacente, difícilmente defendible, y sus deficiencias, tuvieron que dividir el discurso: por un lado está la jerga sofisticada de los artículos técnicos, en gran parte incomprensible para la gran mayoría, sobre la evaluación del “impacto antrópico” (es decir, alteraciones por el ser humano) en los ecosistemas, junto con los cálculos de las emisiones o pérdidas de biodiversidad supuestamente reducidas o evitadas por un proyecto. Esta línea discursiva es comprensible solo para un pequeño grupo de consultores y técnicos encargados de hacer que esta nueva forma de extracción tenga lugar.

Por otro lado, para el gran público se hace el discurso eufemístico y superficial de las “soluciones basadas en la naturaleza”. Aquí, la idealización de la naturaleza virgen va acompañada de una palabrería sobre nuevas soluciones y situaciones en las que todos ganan. La fantasía de un escenario en el que todos ganan puede sostenerse fácilmente para el público en general siempre y cuando permanezca oculta la pérdida concreta, la destrucción de los medios de vida que efectivamente ocurre, donde las comunidades subalternas afectadas no están en condiciones de hacerse escuchar, permaneciendo escondidas.

Un extenso estudio de investigadores brasileños (8) evidenció este tipo de división en el contexto de un destacado proyecto REDD+ en un territorio indígena amazónico. (9) Las descripciones técnicas del proyecto, con el fin de “probar” que las medidas del proyecto evitarán la deforestación que de otro modo hubiese sucedido, describen a la comunidad indígena como evidente destructora del bosque. Esta información se mantiene en un segundo plano o, como dicen los autores, queda oculta en la “caja negra” del lenguaje especializado.

En un primer plano – en videos populares de YouTube, folletos deslumbrantes, etc.- se explota la narrativa sobre los pueblos indígenas como guardianes de los bosques y amantes de la naturaleza. Si bien el discurso de los destructores de los bosques es el requisito técnico para vender las “emisiones evitadas” como créditos de carbono, la narrativa de los guardianes de los bosques es necesario para hacer un maquillaje verde efectivo de la imagen del comprador, en este caso, una gran industria cosmética.

Los mecanismos de apropiación de la naturaleza con fines de compensación ambiental y climática son tan obscenos y violentos, y están tan lejos de contribuir a la solución de las crisis que, si fueran transparentes, la opinión pública en general no los aceptaría.

Otra estrategia efectiva para esconder algo es ponerlo en un pajar. Términos como “economía verde” o “soluciones basadas en la naturaleza” abarcan una amplia gama de iniciativas, programas y proyectos, confundiendo las diferencias entre ellos. Funcionan como una etiqueta que abarca todo y que agrupa depredadores programas de compensación junto con iniciativas como los edificios urbanos menos contaminantes o proyectos agroecológicos a pequeña escala. El uso de una etiqueta común sugiere que todas estas iniciativas, a pesar de que algunas de ellas parecen más “técnicamente complejas” que otras, van en la misma dirección y que, en última instancia, deben tener el mismo objetivo, es decir, la conservación del medio ambiente y el clima. Es por esto que los intereses puramente comerciales que impulsan los proyectos de compensación y su carácter excluyente, siguen sin ser reconocidos por gran parte de la sociedad.

La amplitud de los nuevos términos y la “positividad” del discurso sirven para neutralizar aún más las voces críticas. Quienes rechazan estos términos caen automáticamente en el descrédito de estar en contra de cualquier contribución constructiva y, por lo tanto, pueden fácilmente ser excluidos de la discusión como notorios “detractores.”

La expresión “basado en la naturaleza” transmite la idea de que las “soluciones” supuestamente nuevas surgen de una nueva relación con la naturaleza, que los humanos ahora están logrando estar en paz con la naturaleza y que están aprendiendo de ella. Por supuesto, el carácter excluyente y depredador de los proyectos detrás de este término traiciona esta noción. Pero la expresión “basado en la naturaleza” en el contexto de tales proyectos revela algo más fundamental.

El significado de “naturaleza”

Ahora debemos preguntarnos: ¿cuál es realmente el significado de “naturaleza”? ¿Y para quién tiene este significado?

El antropólogo Felipe Descola (10) muestra que la dicotomía cultura-naturaleza, es decir la división radical de estos dos términos como mutuamente excluyentes, es típico de la sociedad occidental. Este naturalismo – el supuesto de que la “naturaleza” existe como un ser propio, determinado por leyes causales y separado de la realidad “cultural”, que a su vez estaría gobernada por la acción auto-determinada del ser humano – guía tanto nuestro sentido común como nuestro principio científico.

Los pueblos indígenas, por otro lado, que conviven con la tierra, el bosque, el río, las plantas, los animales y sus espíritus, y que sufren las consecuencias tanto de la destrucción como de los intentos del humano occidental de “salvar la naturaleza”, no tienen ese concepto generalizado y antropocéntrico de “naturaleza”. Como explica, por ejemplo, el antropólogo Eduardo Viveiros de Castro, la cosmología de los pueblos indígenas amazónicos puede entenderse como un “multinaturalismo.” (11) En su opinión, cada uno de los diversos mundos – el mundo de los jaguares, de las serpientes, de los tapires etc.- constituye una naturaleza propia dentro de la cual estos seres no humanos ejercen prácticas sociales o culturales iguales o análogas a las de los humanos, es decir, para los pueblos indígenas amazónicos existe una sola cultura e innumerables naturalezas.

Esto nos lleva a la idea de que la relación destructiva de los humanos modernos con su medio ambiente y sus compañeros vivientes tiene sus raíces precisamente en su entendimiento de “naturaleza”. Es en esta línea de pensamiento que algunos pensadores proponen que renunciemos a esa noción por completo y desarrollemos lo que ellos llaman una “ecología sin naturaleza” (12). Desde tal perspectiva no habría separación entre humanos y no humanos y no habría más bases para la dominación y el exterminio de estos últimos.

En la cultura patriarcal occidental, la visión dicotómica de la naturaleza va de la mano con una concepción igualmente polarizada de la mujer. La pintura del siglo XV “La Madonna de la humildad con la tentación de Eva” de Carlo da Camerino, ilustra la llamada dicotomía virgen-prostituta: mientras la virgen María es adorada en un trono, la depravada Eva se muestra sexualmente disponible.

Sin embargo, la construcción occidental de la naturaleza no puede entenderse como una construcción discursiva cualquiera, que podríamos, una vez identificada como tal, simplemente abandonar o deconstruir fácilmente. Ésta es una problemática más profunda. La naturaleza es la alteridad fundamental – el “otro” que constituye el “yo” – del humano occidental. Su identidad cultural está definida por esta relación antagónica. La historia de la civilización occidental, desde los antiguos griegos hasta el capitalismo tardío, está marcada por esta relación fantasmagórica y hostil, por los violentos intentos del hombre blanco de dominar lo que proyecta como naturaleza, promovido en nombre de la ilustración y el desarrollo. (13)

El sentido romántico de la naturaleza, tal como asoma en el nuevo término “basado en la naturaleza”, puede entenderse como un componente esencial de esta relación conflictiva. La instrumentalización de la naturaleza como recurso explotable, por un lado, y la veneración de una naturaleza “pura” e intacta van de la mano. Este fenómeno es análogo a una condición descrita en la literatura feminista (14), conocida como la dicotomía madonna-prostituta: con frecuencia los hombres en nuestra sociedad patriarcal son incapaces de tener relaciones sexuales respetuosas con las mujeres, porque solo pueden concebir a una mujer como un ser despreciable que puede ser degradado a objeto sexual explotable o como una pura “virgen-madre”.

De manera similar, la naturaleza – cosificada como “recurso” – puede ser explotada agresivamente sin escrúpulos morales, los seres vivos pueden ser apiñados en monocultivos o granjas industriales de ganado y manipulados genéticamente para maximizar la producción. Esta actitud depredadora contrasta con la veneración romántica de una naturaleza “maternal”, distante, ideal, que nos acerca imágenes de paisajes naturales intactos y “bosques vírgenes”.

Esta dicotomía, en última instancia, no deja espacio para una relación digna entre los humanos y otras formas de vida. Se esfuerza por lograr un mundo en el que islas de bosques deshabitados estén rodeadas de sitios de producción agrícola de alta tecnología. “El despojo de la población rural de la tierra” es, como explicaron Karl Marx (15) y Rosa Luxemburg (16), la condición primaria y permanente para el crecimiento capitalista. El crecimiento capitalista compulsivo, arraigado a la relación occidental de naturaleza, va acompañado de nuevos mecanismos de despojo y una constante creación y adaptación de “regímenes de la verdad”.

El nuevo discurso “basado en la naturaleza” debe entenderse y rechazarse por lo que es: un componente funcional de los mecanismos de exclusión y despojo del capitalismo tardío. La exclusión y extinción de seres vivos humanos y no humanos a través de la financiarización de sus espacios de vida, se decora y oculta con un discurso que rinde culto a la fantasmagoría occidental de la naturaleza.

Michael F. Schmidlehner, michaelschmidlehner@gmail.com
Núcleo de investigación en trabajo, territorio y política en Amazonia.
(Núcleo de Pesquisa Trabalho, Território e Política na Amazônia – TRATEPAM-IFAC)

(1) Foucault, Michel. A arqueologia do saber (L”Archéologie du Savoir, 1969). Forense Universitária, 2008.
(2) Escobar, Arturo. Encountering development: The making and unmaking of the Third World. Vol. 1. Princeton University Press, 2011.
(3) UNEP, UNEP. “Towards a green economy: Pathways to sustainable development and poverty eradication”. Nairobi, Kenya: UNEP, 2011.
(4) WEF. “What”s a “circular bioeconomy” and how can it save the planet? | World Economic Forum”, 2021. https://www.weforum.org/agenda/2020/10/circular-bioeconomy-nature-reset/.
(5) Hohne-Sparborth, Thomas, Christopher Kaminker, Laura Garcia Velez, Kristina Church, e Michael Urban. “Investing in Nature: the true engine of our economy–a synthesis”, 2021.
(6) Cohen-Shacham, Emmanuelle, Gretchen Walters, Christine Janzen, e Stewart Maginnis. “Nature-based solutions to address global societal challenges”. IUCN: Gland, Switzerland 97 (2016).
(7) Acerca de la lógica errónea de la compensación ambiental y climática y del “pago por contaminar”, los siguientes textos brindan ejemplos y explicaciones:
Kill, Jutta. “Economic valuation of nature”. Bruxelas: Rosa-Luxemburg-Stiftung, 2014.
Lohmann, Larry. “Carbon trading, climate justice and the production of ignorance: ten examples”.
(8) Development 51, no 3 (2008): 359–65.(7) Rajão, Raoni, e Camilla Marcolino. “Between Indians and “cowboys”: the role of ICT in the management of contradictory self-images and the production of carbon credits in the Brazilian Amazon”. Journal of Information Technology 31, no 4 (2016): 347–57.
(9) Los autores del estudio guardaron el anonimato de los datos, pero no hay casi dudas de que se trata del Proyecto de Carbono del Bosque Suruí (SFCP) en el Estado brasileño de Rondonia, como señalé en: Schmidlehner, Michael Franz. “Guest Post: Between Suruí and “Acapú”: REDD and scientists” ethical dilemmas | REDD-Monitor”, 2016.
(10) Descola, Philippe. Beyond nature and culture. University of Chicago Press, 2013.
(11) Castro, Eduardo Viveiros de. “Os pronomes cosmológicos e o perspectivismo ameríndio”. Mana 2, no 2 (1996): 115–44.
(12) Morton, Timothy. Ecology without nature: Rethinking environmental aesthetics. Harvard University Press, 2007.
(13) Adorno, Theodor W., e Max Horkheimer. Dialektik der Aufklärung. Frankfurt a. M.: Fischer, 1988.
(14) Bareket, Orly, Rotem Kahalon, Nurit Shnabel, e Peter Glick. “The Madonna-Whore Dichotomy: Men who perceive women”s nurturance and sexuality as mutually exclusive endorse patriarchy and show lower relationship satisfaction”. Sex Roles 79, no 9 (2018): 519–32.
(15) Marx, Karl. “Das Kapital, Buch 3, Vierundzwanzigstes Kapitel. Die sogenannte ursprüngliche Akkumulation”. In Karl Marx, Friedrich Engels Werke, 23:741–91. Diez, 1962.
(16) Luxemburg, Rosa. Die Akkumulation des Kapitals: Ein Beitrag zur ökonomischen Erklärung des Imperialismus. Vol. 1. Buchhandlung Vorwärts Paul Singer, 1913.