Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

La especulación que crece: de la apropiación y la mercantilización a la financierización de la naturaleza

La finan¿qué?

El término financierización puede resultar ajeno, complejo, rebuscado. Puede dar lugar a preguntar “finan¿qué?”. No obstante, está cada vez más presente en los debates y reflexiones de la sociedad civil, inclusive vinculado a la creciente especulación financiera sobre la vida, incluidos los bienes y componentes de la naturaleza, como los bosques, que son fundamentales no solamente para la supervivencia de las comunidades locales sino para todo el planeta.

Pero, obviamente, éste no es un fenómeno nuevo. La especulación es propia del modelo económico capitalista dominante y se ha venido dando desde sus inicios, como resultado de la permanente necesidad de expansión del capital. Mediante la aplicación de políticas de libre mercado y privatización, el capital se ha ido apropiando cada vez más de los bienes naturales – tierra, petróleo, energía, minerales, alimentos– así como de nuevas áreas – servicios que antes eran de gestión pública.

Ese proceso de creciente apropiación fue facilitado por la intervención de los Estados, que instrumentaron los marcos jurídicos para la necesaria privatización. También habilitaron la creación de una “infraestructura” financiera – el mercado financiero -donde se negocian títulos y una serie de instrumentos financieros, como los mercados de derivados, los bancos de inversión, los fondos de cobertura, los fondos indexados, los productos cotizados en bolsa, por citar algunos (ver cuadro arriba de definiciones).

En ese marco, y como manifestación de la creciente acumulación y concentración de capital que periódicamente hace colapsar los mercados, se han sucedido crisis económico-financieras, que generalmente se han “resuelto” con una expansión de la frontera de las inversiones.

Actualmente el mercado de flujos financieros ha adquirido un peso económico enorme por sobre el mercado de intercambio de productos reales. La especulación en el mercado cambiario, en el mercado accionario, en los mercados de obligaciones del Estado, bonos, títulos públicos, etc. ha alcanzado niveles sin precedentes. El valor combinado de dos tipos de productos financieros – derivados y activos financieros convencionales – supera en aproximadamente cinco veces el producto anual de los bienes y servicios del mundo (http://www.ft.org.ar/estrategia/ei1112/finanzas.htm).

En momentos en que hay más riqueza privada que activos financieros en los que invertir ésta, la necesidad de crear nuevos activos y expandir la especulación financiera la ha lanzado sobre nuevos espacios de la naturaleza. Y mientras el sector financiero crece y crece, la producción y el empleo quedan rezagados, los salarios se estancan o reducen y la desigualdad se profundiza.

Definiciones básicas para no perderse en el mercado financiero

Título: documento que puede ser comprado o vendido y que representa o bien un derecho de asociado (acción) o bien un préstamo a largo plazo (obligación).

Instrumento financiero: documento que representa una deuda o un título de crédito.

Productos financieros: hace referencia a los instrumentos financieros ofertados por las entidades financieras (depósitos, cuentas corrientes, etc.)

Activo financiero (convencional): título o derecho que canaliza la inversión. Ej.: títulos-valores, acciones, depósitos bancarios, valores sobre inmuebles, participaciones en fondos de inversión, etc.

Activo financiero derivado: instrumento financiero cuyo valor precio se deriva del precio de otro activo denominado subyacente. El inversor apuesta por una determinada evolución de dicho subyacente (al alza o a la baja) en los mercados de valores. El objetivo de los derivados es transferir el riesgo de los subyacentes. Los principales mercados de derivados son los de futuros, opciones y swaps (intercambio de instrumentos financieros).

Fondo de inversión: institución en la que participan múltiples inversores que invierten en distintos activos e instrumentos financieros.

Fondo de cobertura: instrumento financiero de inversión también denominado instrumento de inversión alternativa, fondo de inversión libre y fondo de alto riesgo (en inglés “hedge fund”). Lo más usual es que sea un fondo de inversión privada abierto solo a un número limitado de inversores y que requiera una altísima inversión inicial.

Fondo indexado: fondo de inversión que toma como referencia un determinado índice bursátil o de renta fija.

Banco de inversión: institución financiera que maneja el financiamiento de empresas y actúa como colocador de nuevas emisiones de acciones y bonos.

Algunas características

¿Pero en qué se diferencia la financierización respecto a otros asaltos privatizadores del capital?

Antonio Tricarico, de la Campaña por la reforma de la Banca Mundial, identifica algunas características de la financierización. Señala, entre otras, el cambio que se ha ido operando en el sistema financiero por el cual fueron cobrando importancia las instituciones que actúan como bancos, realizando actividades de intermediación financiera, pero que no son reguladas como bancos, como es el caso de los bancos de inversión y los fondos de cobertura, entre otros. Es lo que se llama el sistema bancario fantasma (shadow banking).

Otra característica es que ha ido aumentando la participación individual en las operaciones financieras, a través de la privatización de las pensiones, los créditos al consumo, las tarjetas de crédito, etc.

Tricarico destaca el papel dual que cumple el Estado en la financierización – por un lado se retira de la intervención directa en las políticas industriales, la banca pública y la prestación de servicios, y por el otro interviene fuertemente en apoyo a la expansión del mercado financiero a través de la fijación de políticas monetarias, rebaja de impuestos, los rescates a las instituciones financieras en quiebra, y en definitiva la construcción de la “infraestructura” del mercado financiero a escala mundial

Los mercados financieros, las instituciones financieras y las elites financieras han adquirido una creciente influencia en la política económica. Por todo ello, la financierización se proyecta al futuro boicoteando la búsqueda de soluciones genuinas a los problemas económicos, sociales y ambientales existentes, profundizando la apropiación de cada vez más aspectos de la vida y la naturaleza, esta vez por parte de agentes financieros.

La financierización de la naturaleza

Cuando en 2008 estalló la crisis financiera que devino en crisis económica, los grandes inversionistas comenzaron a buscar nuevas formas de invertir sus millones de dólares y obtener las cuantiosas ganancias que la coyuntura de las décadas de 1980 y 1990 les permitió obtener. Vieron en la creciente escasez de diversos bienes naturales una brillante oportunidad de negocios, y se lanzaron a especular en los mercados de alimentos, dando lugar a la crisis alimentaria de 2008/2009, que aumentó exponencialmente el precio de los alimentos básicos afectando duramente a los sectores más desposeídos de los países más empobrecidos.

Pero no satisfechos con estos mercados, los inversionistas han estado trabajando con los gobiernos nacionales y organismos internacionales en la creación de nuevos mercados para otros aspectos de la naturaleza. La expansión de las fronteras de la especulación financiera ha llevado a que se comercialicen las emisiones de carbono y las funciones que prestan los ecosistemas, dentro de la categoría mercantil denominada “servicios ambientales”. Los agentes del mercado financiero han puesto la mira en consolidar el mercado de carbono y en crear otros – del agua, las especies biológicas, los hábitats, la biodiversidad.

Especulando con emisiones de carbono

Propuesto por primera vez en la década del sesenta, el comercio de emisiones [de carbono] fue desarrollado por economistas estadounidenses, negociantes de derivados y de materias primas y grupos ambientalistas “súper verdes” y alianzas comerciales de Washington.

En 1997, el régimen de Bill Clinton presiona con éxito para que el Protocolo de Kioto se convierta en un conjunto de instrumentos del comercio de carbono (Al Gore, quien presentó el ultimátum de Estados Unidos a Kioto, se convirtió luego en un activo miembro de este mercado). En la década de 2000, luego del rechazo de los Estados Unidos al Protocolo de Kioto, Europa toma la iniciativa de convertirse en el anfitrión de lo que hoy es el mayor mercado de carbono del mundo, el “Régimen de Comercio de Derechos de Emisión de la Unión Europea” (RCDE-UE).

El enfoque internacional de la crisis climática sigue siendo el proyecto de construir un solo mercado mundial del carbono, que valga miles de millones de dólares. Los mercados de carbono supuestamente abaratan las reducciones de contaminación por gases de efecto invernadero decretadas por los gobiernos y preservan, al mismo tiempo, las ganancias corporativas.

Como declaró abiertamente el Director Ejecutivo de American Electric Power en octubre de 2009, “si alguien afirma que la única razón por la que American Electric Power quiere [invertir en un proyecto de compensación de emisiones en los bosques de Bolivia] es porque no quiere cerrar sus plantas de carbón, mi respuesta es: ¡Claro, porque nuestras plantas de carbón sirven a nuestros clientes a un costo-beneficio muy eficaz!”.

En Europa, diez de las industrias más consumidoras de combustibles fósiles reciben ganancias extraordinarias del enorme excedente de permisos de contaminación concedidos por sus gobiernos de forma gratuita, ganancias que exceden el presupuesto total de la Unión Europea destinado al medio ambiente. Adicionalmente, el mercado de carbono ofrece a los inversionistas un conducto para la absorción del excedente de capital. En resumen, mientras aparentan responder a las exigencias públicas de acción en favor del clima, los mercados de carbono actúan para servir a los propósitos de las élites.

Para cumplir con el imperativo de generar ganancias, los banqueros, los comerciantes de materias primas, los agentes de productos financieros derivados y los economistas neoclásicos quienes, junto con los gobiernos del Norte, han dominado el desarrollo de los mercados de carbono, han concentrado su ingenio en hacer que el nuevo producto tenga liquidez, sea comparable a otras mercancías, esté normalizado y pueda ser vendido velozmente en una amplia esfera geográfica. Al mismo tiempo se han concentrado en no facilitar la transición hacia un sistema alejado del consumo de combustibles fósiles.

Toda mercancía, para ser intercambiable, debe ser divisible y mensurable. Por ello los arquitectos del mercado del carbono tienen que construir sus productos basados en las moléculas de dióxido de carbono. Los departamentos gubernamentales, los científicos en los paneles de Naciones Unidas, y expertos técnicos de todo tipo, están encargados de contar las moléculas y seguirlas a medida que viajan de los combustibles fósiles a la chimenea y del tubo de escape a la atmósfera, donde se mueven entre el aire, el mar, la vegetación, las rocas, el agua dulce, y así sucesivamente. Los políticos, diplomáticos y funcionarios tratan luego de asignar la responsabilidad de los flujos de moléculas, las reducciones y los ahorros a los diversos países o corporaciones.

Un problema del conteo de moléculas es que ignora o interfiere con la necesidad primordial del problema del cambio climático: cómo instaurar un cambio estructural, de largo plazo para salir de la dependencia de los combustibles fósiles? Lo que ocurre es que las soluciones que promueven este tipo de cambios no pueden ser medidas, cortadas y dobladas como una pequeña mercancía. El conteo de moléculas considera a todas las tecnologías de reducción de carbono como si fueran equivalentes, independientemente del grado de cambios estructurales que promuevan. Además, el enfoque en la posición topográfica de las moléculas, ignora los aspectos históricos, sociales y económicos causantes del cambio climático, mientras el enfoque en la química hace que la diferencia climática se pierda entre las moléculas de origen fósil y las moléculas de origen biótico.

La incursión creciente del sector financiero en los mercados de carbono, provoca que sus productos “sean aún más fungibles, abstractos y desligados de las consideraciones ambientales y sociales, mientras que su simplificación es aún más encubierta”. Por ejemplo en 2008, [el grupo internacional de servicios financieros con sede en Suiza] Credit Suisse puso en marcha en Estados Unidos un negocio por 200 millones dólares para fusionar proyectos de compensación de carbono que se hallaban en diferentes etapas de desarrollo. Luego los dividió para venderlos por partes a los especuladores. Así como los productos del mercado de incertidumbre ocultaban a los compradores y vendedores, con los impactos económicos conocidos en los barrios de menores ingresos de [ciudades de Estados Unidos como] Detroit o Los Angeles, así también los paquetes de productos financieros del mercado de carbono, con sus cadenas de valor aún más largas, ocultan los impactos climáticos y sociales heterogéneos que producen, por ejemplo, los proyectos de metano de minas de carbón y proyectos de biomasa en China, o los proyectos de plantas hidroeléctricas o de cría de cerdos en Ecuador.

El mercado de carbono no es una forma de ecologización “del capitalismo” o una reforma contable impuesta “desde fuera” a una clase empresarial reacia, sino más bien una típica iniciativa neoliberal (tal vez espectacularmente mal concebida) para crear nuevas oportunidades deobtener ganancias de las crisis contemporáneas.

Extraído de: “Mercados de carbono. La neoliberalización del clima”, Larry Lohmann, 2012, http://wrm.org.uy/temas/REDD/mercados_de_carbono.pdf

A su vez, el Banco Mundial se ha zambullido en el proceso de financierización, dando el dinero para proyectos y esquemas que consolidan la especulación financiera sobre la naturaleza. Sian Sullivan, de la Red del Tercer Mundo, cita el ejemplo del proyecto del Banco Mundial en la República Democrática del Congo, donde se vuelcan fondos para que el país se convierta en proveedor de “servicios ambientales” comercializables. Esto incluiría ofrecer créditos de carbono forestal en el marco de un mecanismo REDD+ o a través de la compensación de biodiversidad – cuya demanda proviene de la industria extractiva y la industria forestal, ambas apoyadas, a su vez, por el Banco Mundial (ver http://documents.worldbank.org/curated/en/2011/06/14597637/congo-republic-forestry-economic-diversification-project).

Si bien el Banco Mundial, las Naciones Unidas (ONU) y los gobiernos de los países del Norte han invertido miles de millones de dólares de dinero público en crear una “infraestructura” para que REDD pueda funcionar (leyes, reglamentos, sistemas de cálculo de las existencias de carbono, etc.), la visión predominante de los analistas es que REDD debería funcionar como mecanismo de mercado y de compensación, es decir, como mercado de carbono, y no con fondos y subvenciones de dinero público.

Como mecanismo de mercado, REDD funcionará si hay interés en las industrias y países contaminantes, y si los agentes de los mercados financieros tienen interés en “compensar” y “negociar” las actividades contaminantes en documentos que probarían el almacenamiento de carbono en bosques y plantaciones de monocultivos de árboles e incluso en otros tipos de cultivos (abarcados por REDD+ y REDD+ +) en el Sur.

En la financierización, el valor de todo lo que se intercambie – sea tangible o intangible, presente o futuro, sea un trabajo, un producto, un servicio o los componentes más impensados de la naturaleza – se convierte en un instrumento financiero o un derivado financiero.

El economista Willem Buiter, de la transnacional estadounidense de servicios financieros CITIGROUP lo expone claramente: “Espero ver un mercado mundial integrado del agua potable para dentro de 25a 30 años. Una vez que se integren los mercados al contado del agua, podrán crearse los mercados de futuros y otros instrumentos financieros derivados en torno al agua… Habrá diferentes grados y tipos de agua dulce, de la misma manera que hoy tenemos crudo pesado y ligero. En mi opinión, el agua, como una clase de activo, se convertirá finalmente en el activo más importante vinculado a los productos básicos, eclipsando al petróleo, el cobre, los productos agrícolas y los metales preciosos” (ver http://ftalphaville.ft.com/blog/2011/07/21/629881/willem-buiter-thinks-water-will-be-bigger-than-oil/).

La financierización de la naturaleza no implica solamente convertir nuevas áreas de la naturaleza y sus componentes en una mercancía sino que pone la gestión de los mismos en manos de los mercados financieros, que resolverán en función de sus intereses de lucro, buscando cómo invertir en el presente la gigantesca cantidad de riqueza privada y activos disponibles y también cómo generar nuevas formas de acumulación de capital.

Más impactos sobre las comunidades que dependen del bosque

Como la experiencia ya lo ha demostrado, para las comunidades que dependen del bosque, la creciente expansión del capital ha significado destrucción e impactos negativos en su vida comunitaria y el bosque, como ocurre cuando grandes empresas transnacionales compran o consiguen una concesión sobre un área de bosque para explotar la madera, o para construir una gran represa, o para establecer una plantación de monocultivo de palma africana, o para extraer petróleo o algún mineral.

Con la financierización los problemas se manifiestan de manera similar pero con una intensidad acelerada; aparecen nuevos actores que no tienen una presencia clara en el territorio, por lo que no queda claro quién está detrás de los procesos, pero sin duda actúan de manera bien articulada con grandes empresas transnacionales y con bancos privados y estatales, contando para ello con las facilidades que les brindan los Estados a través de la reformulación de los marcos normativos internacionales y nacionales. Por otro lado, las propuestas de conservación o protección de la naturaleza también buscan ser captadas por el proceso de financierización.

Supuestos programas de “conservación” de la naturaleza, como los esquemas REDD y REDD+ (ver http://www.wrm.org.uy/temas/REDD.html), vienen con el requisito primordial de que la población que habita la zona a ser “conservada” no puede utilizarla, y muchas veces resulta incluso desplazada. Esto constituye una violación al derecho de las comunidades a existir como tales en la medida que esto implica prohibirles mantener su modo de vida y la forma en que tradicionalmente han hecho uso del bosque, implica prohibirles la agricultura de subsistencia con la que se han alimentado, o su práctica sustentable de usar la madera para fabricar sus canoas y sus casas.

¡No! a REDD

Gran parte de los proyectos REDD se llevan adelante en zonas de bosque pertenecientes a comunidades indígenas y tradicionales. En varios casos se ha informado que estas comunidades no han sido adecuadamente consultadas sobre la aceptación de esos proyectos en sus territorios. Sigue sin garantizarse sus derechos sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, conforme a lo previsto en la Declaración de la ONU sobre los Derechos Indígenas (DDPI). En un taller realizado el pasado mes de marzo con pueblos indígenas en Australia sobre mitigación del cambio climático, co-organizado por el IPCC, se reconoció que, si bien varias normas nacionales e internacionales sobre REDD contienen salvaguardias y políticas con respecto a los derechos indígenas, no existe un control para ver si esto se cumple.

Aun cuando algunas organizaciones indígenas hayan firmado convenios y recibido dinero para conservar sus bosques – algo que siempre han hecho –, cada vez resulta más evidente que no siempre eso beneficia a las comunidades. Muchas veces dichos contratos terminan generando divisiones internas, el cual es otro de los resultados de este tipo de proyectos implementados desde arriba hacia abajo y sin proceso de consulta.

Todo esto explica por qué las organizaciones indígenas se oponen cada vez más a REDD y REDD +. Recientemente, durante la Cumbre de los Pueblos de Río+20 se pusieron en marcha dos declaraciones importantes apoyadas por las organizaciones indígenas:

– La Declaración llamada Kari-Oca 2 (http://indigenous4motherearthrioplus20.org/kari-oca-2-declaration/), en referencia a la primera declaración de pueblos indígenas en Río de Janeiro en 1992, contiene un claro NO!! a REDD y REDD +; considera a la Economía Verde y el Capitalismo Verde como una continuación del colonialismo. El creciente proceso de apropiación de tierras indígenas para actividades lucrativas de las empresas transnacionales ha incrementado la violencia contra los pueblos indígenas. La declaración afirma que la “Madre Naturaleza” debe ser cuidada, y no comercializada ni explotada, como lo hace el mercado del carbono. Por eso consideran que REDD es una falsa solución – cuando una actividad destructiva que afecta a las comunidades locales, en especial los pueblos indígenas, se convierte en “sustentable” en la medida que se compensa con el supuesto almacenamiento de carbono en determinadas zonas de bosque de otro lugar. Por eso, afirman, REDD viola el derecho de los pueblos a la autodeterminación, a tener control sobre sus territorios. Y antes de pensar en proyectos de REDD o de otro tipo, lo realmente urgente es reconocer los derechos de los pueblos indígenas sobre sus territorios, conforme lo estipula la UNDRIP.

– En otra declaración (http://www.redd-monitor.org/2012/06/19/no-redd-in-rio-20-a-declaration-to-decolonize-the-earth-and-the-sky/#po), la Alianza Mundial de las Pueblos Indígenas y las Comunidades Locales contra REDD y por la Vida, también reafirmó un claro NO! a REDD y REDD +, analizando lo que ha ocurrido en la práctica y denunciando cómo REDD se articula con el actual proceso de “concentración” o acaparamiento de tierras, especialmente en el continente africano. En una parte de la declaración afirman: “En realidad, todos los impactos negativos de REDD + que la ONU previó ya están ocurriendo. Por ejemplo, en África, REDD +, los créditos de carbono, los agrocombustibles y el cultivo para exportación están impulsando un gran acaparamiento de tierras. Por otra parte, teniendo en cuenta que REDD + ahora incluye plantaciones de árboles y agricultura, las plantaciones existentes, los agrocombustibles y los cultivos para exportación podrían convertirse en proyectos de compensación de carbono. Los especialistas advierten que tres cuartas partes de la población y dos tercios de la tierra de África están bajo amenaza, y REDD puede llegar a crear “generaciones de campesinos sin tierra”. En África, REDD + surge como una nueva forma de colonialismo, de sometimiento económico, y como motor de un acaparamiento de tierras tan masivo que podría ser considerado como la expropiación de un continente”.

Parte de las informaciones se basan en el artículo “Can REDD ever become green” de Gleb Raycorodetsky, disponible en http://ourworld.unu.edu/en/can-redd-ever-become-green/

Del valor al precio de la naturaleza

Un corazón sensible y una mente sensata pueden darse cuenta que una cosa es el valor y otra el precio: un río, un bosque, una montaña, tienen un valor inmenso. ¿Pero cómo ponerles un precio?

Ha habido economistas que le pusieron precio a lo que llaman “servicios ecosistémicos” o servicios ambientales, que se refiere a las funciones de los ecosistemas y los fenómenos relacionados, como el pago en servicios ambientales y su comercio. Por ejemplo, en el caso de los bosques, sus funciones de conservar carbono, mantener la biodiversidad y contribuir al ciclo del agua se comercializarían como “servicios ambientales”(ver boletín 175 del WRM). Los servicios de los ecosistemas valdrían entre 16 y 54 billones de dólares, dicen.

Hay una corriente de la Economía (la Economía Ambiental) que sostiene que asignarle un precio a la naturaleza terminará incentivando los negocios así como políticas que estén orientadas hacia la “sustentabilidad ambiental”. Este enfoque es la esencia de la Economía Verde, y ya ha ganado adeptos en sitios estratégicos. La Economía Verde, de la cual ya hemos hablado en otros boletines (ver Boletines 175 y 176 del WRM) tiene como uno de sus pilares poner un precio a las funciones de los ecosistemas dentro de las cuentas nacionales e internacionales, para lo cual se elaboró el reciente informe “La Economía de los Ecosistemas y la Biodiversidad” (TEEB por su sigla en inglés), encomendado y financiado por el Programa de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente (PNUMA), la Comisión Europea, y los ministerios de Alemania, el Reino Unido, Holanda, Noruega, Suecia y Japón, donde se documenta el multimillonario valor de los bosques, el agua dulce, los suelos y los arrecifes de coral en la economía global.

El proyecto TEEB surgió a instancias de una solicitud formulada en 2007 por el G8 + 5, en referencia al Grupo de los 8 países industrializados por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Rusia, más cinco de las principales potencias económicas emergentes, a saber Brasil, China, India, México y Sudáfrica. Fue dirigido por Pavan Sukhdev, banquero del Deutsche Bank, y cuenta con cerca de 4 millones de dólares aportados por la Comisión Europea, Alemania y Noruega. Sus recomendaciones fueron presentadas en las Conferencias de las Partes (COPs) de 2008 y 2010 del Convenio de las Naciones Unidas sobre la Diversidad Biológica y han sido bien recibidas en el Plan Estratégico del Convenio y se actualmente aplican en varios contextos.

Siguiendo esa línea, la asociación empresarial WBCSD (Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible), junto con la firma de servicios profesionales PricewaterhouseCoopers, la organización conservacionista IUCN y la consultora Environmental Resources Management (ERM) publicaron recientemente una Guía para la Valoración Empresarial de los Ecosistemas (Guide to Corporate Ecosystem Valuation). Se trata de una metodología contable para facilitar decisiones comerciales mejor informadas dando un valor explícito tanto a la degradación de los ecosistemas como a los beneficios de las funciones que éstos brindan.

En el marco de la Economía Verde

La Economía Verde fue impulsada por el PNUMA en respuesta a la grave crisis ambiental reconocida por los gobiernos del mundo en la Cumbre de de la Tierra de 1992.

En ese entonces había surgido el concepto del “desarrollo sustentable”, que ahora se amplió dando paso a la “economía verde”. Ambos enfoques tienen en común que insisten en que es posible, ajustando algunos aspectos, continuar con el mismo sistema productivo, comercial, financiero y de consumo y a la vez “mejorar el bienestar del ser humano y la equidad social, a la vez que reducir significativamente los riesgos ambientales y la escasez ecológica”. Pero en ningún caso se aborda la raíz del problema – el sistema capitalista y su lógica de crecimiento sin fin a costa de la explotación, la extinción y la exclusión.

El cambio fue que el capitalismo se vistió de verde: aparecieron nuevos negocios sobre lo “bio”, lo “eco”, lo “sostenible”. Las corporaciones comenzaron a hablar de “responsabilidad social” y a esmerarse en mostrarse “ambientalmente responsables”, con artilugios como la “compensación” de la contaminación. En este caso se trataría de que el costo de conservar la naturaleza en un zona – por ejemplo, conservar el carbono de un bosque – lo pagaría una actividad contaminante y /o destructiva, a través de un mercado (“de carbono” o “de biodiversidad”). O sea que mientras una zona se conserva, otra zona o ambiente está siendo destruido y las comunidades locales generalmente terminan siendo expulsadas y gravemente afectadas. Es más, se genera una situación perversa en la que la destrucción ambiental asegura valores de mercado para la conservación, de tal modo que la degradación es necesaria para sostener la demanda de mercado para este mecanismo de conservación. Y un mayor nivel de destrucción puede resultar en más lucro.

Por otro lado, para poder negociar con la conservación es necesario ponerle un “precio”, cuantificarla. A su vez, el valor monetario, o precio, asignado a espacios donde la naturaleza se mantiene íntegra lleva a que gobiernos e inversionistas procuren acapararlos, con graves impactos en las comunidades que generalmente terminan siendo desplazadas de sus territorios, y sus conocimientos, prácticas y valores culturales – que tradicionalmente contribuyeron a la biodiversidad – terminan perdiéndose no solamente para el presente sino como opción válida para el futuro.

La Economía Verde constituye, pues, una nueva estrategia del capitalismo en la que se propone redireccionar las inversiones hacia la naturaleza, a la que transforma en “capital natural” y en torno al cual se crean mercados y se fijan precios. Se negocia con la contaminación y la conservación, se promueven nuevas tecnologías supuestamente limpias como los agrocombustibles pero aplicados con la misma lógica intensiva y a gran escala que implica mayor apropiación e impactos sociales y ambientales; se busca crear nuevos mercados de la naturaleza como el “mercado de emisiones de carbono”, que actúa en el mercado financiero; se le da un rol protagónico a las corporaciones.

Es así que la financierización se inserta en la Economía Verde y la complementa perfectamente, puesto que las dos corren en una misma dirección, la de comercializar y especular en torno a todos los aspectos de la vida. Se trata de una lógica intolerable para quienes luchamos por detener la destrucción de los bosques y otras áreas naturales importantes en el mundo, que no tienen precio pero sí un valor enorme para las comunidades locales y la humanidad.

Enfrentando la financierización

En momentos en que la humanidad, con su modelo civilizatorio capitalista predominante, se enfrenta a una encrucijada, es necesario un cambio de rumbo y se hace imprescindible que los Estados y gobiernos redefinan su función así como su compromiso con los pueblos. En este momento las políticas en general apuntan a que los dineros públicos se destinen a apoyar a los grandes emprendimientos – que dan de ganar a grandes empresas y bancos – y los “rescates” a los grupos especuladores causantes de las crisis; se vuelcan a mecanismos perversos como el comercio de servicios ambientales, que profundizan la mercantilización y la financierización de la naturaleza.

Eso es inaceptable. Ya es tiempo de que los dineros de los pueblos se canalicen en políticas públicas que apoyen a las comunidades que buscan genuinamente conservar y recuperar sus bosques y territorios, a las comunidades campesinas que llevan adelante tipos de agricultura que han posibilitado una convivencia y una interacción con el bosque.

Por otro lado, los movimientos sociales están en proceso de construir alianzas amplias entre quienes combaten el sistema financiero internacional, quienes luchan contra la privatización de la naturaleza, y quienes luchan diariamente por sus territorios y ecosistemas. En Cochabamba, en la primera Cumbre de los Pueblos, se gestó una alianza popular de organizaciones y redes no gubernamentales y movimientos sociales, buscando una agenda propia. En Río+20 el proceso continuó y se manifestó una posición común contraria a la ‘economía verde’, con una agenda en conjunto. Este proceso necesita fortalecerse para poder combatir efectivamente las grandes corporaciones e instituciones financieras responsables de la financierización de la naturaleza y de la vida en general.

Hoy es imperioso que, para empezar, los movimientos y organizaciones de la sociedad civil exijan información y transparencia sobre los procesos de financierización que avanzan rápidamente en los países del Sur y, en especial, sobre el papel de los Estados que, sin consultar a nadie, ya través de la propuesta y aprobación de leyes y decretos, muchas veces contrarios a constituciones y acuerdos internacionales en vigor, fomentan los negocios del capital financiero de apropiación de los territorios y la naturaleza.

Y entre todos y todas debemos también hacer el esfuerzo de fortalecer el debate poniendo los aspectos “técnicos” y aparentemente ”complejos” de la financierización en lenguaje lo más simple posible, porque cuanta más gente se apropie del tema y entienda su perversidad y su impacto sobre la vida de las comunidades que dependen de los bosques, o de la naturaleza en general, y a la larga de todos los pueblos, más posibilidades habrá de construir un frente sólido necesario para combatir esa tendencia.

La naturaleza no se vende, no tiene precio y ¡se defiende!

El presente artículo se basa en los conocimientos y reflexiones sobre el tema aportados por diversos autores, de quienes hemos aprovechado su trabajo, en especial de Antonio Tricarico, de la Campaña por la Reforma de la Banca Mundial (CRBM, Italia), atricarico@crbm.org, a partir de “The ‘financial enclosure’ of the commons”, octubre de 2011, http://www.un-ngls.org/gsp/docs/Financialisation_natural_resources_draft_2.pdf , y de su ponencia “Financialisation and nature”, abril 2012, presentada en la mesa redonda organizada por el Institute for Policy Studies sobre “Financialization of Nature: A Roundtable Discussion”, disponible en http://vimeo.com/41496496; Sian Sullivan, Third World Network, a partir de “Financialisation, Biodiversity Conservation and Equity: some Currents and Concerns” 2012, http://www.twnside.org.sg/title/end/pdf/end16.pdf; Larry Lohmann, a partir de “Mercados de carbono. La neoliberalización del clima”, 2012, http://wrm.org.uy/temas/REDD/mercados_de_carbono.pdf

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