Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

México: la pérdida del bosque para la comunidad y la mujer

Chiapas es una zona muy rica en recursos naturales, donde abunda el agua y los bosques, y quien dice bosques dice diversidad, frutos, semillas, flores, animales silvestres, peces, plantas medicinales, materiales para distintos usos –para leña, construcción, artesanías, utensilios, etc.

¿Quién aprovecha todo eso? La región sufre ahora el embate de las políticas “desarrollistas” para las cuales el desarrollo es sinónimo de incorporación al mercado internacional. Al sur le toca ocupar generalmente la función de productor de materias primas o alimentos, proveedor de recursos naturales –entre ellos petróleo, agua, minerales– y lugar de asiento de industrias que se abastecen de mano de obra barata, favorecidas además con la exención de requisitos de protección laboral y/o ambiental.

Al amparo del artículo 27 de la avanzada Constitución de 1917, el presidente Lázaro Cárdenas había dado inicio en 1936 a una reforma agraria que creó los ejidos, o tierras comunales. Pero en 1992, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari realizó lo que en ese momento cientos de organizaciones campesinas llamaron una contrarreforma agraria al modificar dicho artículo constitucional que garantizaba el acceso a la tierra a los campesinos, permitiendo que sea vendida en forma privada. “Y ahorita quieren privatizar también los lugares turísticos donde hay grandes riquezas naturales que la misma madre naturaleza ha regalado a los indígenas y campesinos, y eso lo quieren privatizar”, dice María Angelina, misionera franciscana que trabaja en la Coordinadora Diocesana de Mujeres de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México.

El campesino queda siempre en inferioridad de condiciones, porque termina produciendo para mercados cuyos precios no controla. Además, también le quitan el bosque, que siempre le ha servido como fuente de recursos. Desde mucho tiempo atrás, en la región de la comunidad Tojolabal de San Miguel, en Los Altos de Chiapas, las empresas madereras y compañías con grandes aserraderos han “tumbado” los bosques en busca de pinos, caobas, maderas finas. Después cuesta mucho para crecer, dicen los lugareños. Los mismos campesinos también terminan cortando la madera para hacer sillas, camas, muebles, buscando algo para vivir, pero a precios de venta muy bajos.

María Rosario (Chayito), oriunda de la comunidad de San Miguel, cuenta que en 1996 el ejército mexicano utilizó como estrategia en su guerra contrainsurgente la quema de grandes extensiones de selva, para justificar el desalojo de bastiones zapatistas. Su comunidad se vio directamente afectada por esos inmensos incendios forestales. Chayito relata que desde los cuatro puntos cardinales llegaron cuatro fuegos que rodearon a la comunidad. Fue una suerte que no se quemaran las casas, pero todo lo demás, las 282 hectáreas de tierras cultivadas, se perdieron.

Las tierras de la comunidad de San Miguel no son muy productivas desde el punto de vista agrícola ya que es una zona de rocas y montañas con bosques. Pero la comunidad se había esforzado y a fuerza de mucho trabajo tenía sus cultivos de maíz y frijol, elementos básicos de la dieta indígena. Estaban, además, “contentos de tener montañas, con la frescura y la alegría que traen”, además de encontrar en el bosque un complemento alimenticio en el consumo de pequeños animales, y de proveerse allí de leña, agua, flores que las mujeres vendían obteniendo un ingreso complementario.

Los incendios arrasaron con todo: los cultivos de maíz y de frijoles, los cafetales, el bosque. Y con el bosque desaparecieron también las orquídeas, las flores silvestres, los animales. “Todo se acabó”, dice Chayito. Ahora no hay más leña en los alrededores, y que hay que ir a buscarla lejos. Eso también contribuyó a que las condiciones de la vivienda, la cual tradicionalmente ha sido construida utilizando los árboles para madera, palos y en especial palma para el techo. Al acabarse las palmas las viviendas de la comunidad se deterioraron enormemente ya que ahora tienen que fabricarlas con material, que se compra en la ciudad y para el cual hace falta dinero –siempre escaso. Y como la mujer tampoco tiene las flores del bosque que antes podía vender, los ingresos familiares se han reducido aún más.

También se secaron muchos ríos y pozos de agua cercanos, de donde se proveía la comunidad. Esto ha implicado más trabajo para la mujer, que es la que tradicionalmente procura el agua. Tiene que ir más lejos a acarrearla, aumentando su cansancio y quitándole tiempo para las otras tareas –que de por sí son muchas. Todo conspira para hacer de su jornada un día agotador. “Todavía hay mucho machismo. Pocas familias están conscientes y ayudan a la mujer”.

Es la comunidad la que ha tenido que sobreponerse a las carencias y buscar formas de resolver el problema. Para ello ha sacrificado su milpa, para que los terrenos puedan volver a regenerarse. “Recién ahora está comenzando a recuperarse el bosque, poniéndose verdes las montañas, pero todavía están chiquitos los árboles”, mientras los árboles grandes están terminando de caer, con sus raíces quemadas.

De este lado, sacrificio, y del lado del gobierno, la solución no podría ser peor. Vienen con proyectos de forestación con otros tipos de árboles que no son de la comunidad; variedades exóticas, árboles que “chupan más agua”: el eucalipto, los jacarandá, pinos que no son “durables” y “destruyen la tierra porque necesitan mucha agua”. Seguramente son árboles que terminarán alimentando gigantescas papeleras que a su vez alimentan gigantescas empresas empaquetadoras, que a su vez se vinculan con gigantescas empresas comercializadoras, que a su vez…¡Qué lejos quedó la comunidad! ¡Qué ancho y ajeno le dejaron el mundo!

Artículo elaborado en base a información de: entrevista realizada en julio de 2003 a María Rosario Gómez (Chayito), misionera seglar diocesana de la Parroquia San Miguel Arcángel, y María Angelina Miranda, Coordinadora Diocesana de Mujeres (CODIMUJ), Chiapas, México, correo electrónico: codimuj@yahoo.com.mx