Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

¿Quién protege las Áreas Protegidas y por qué?

El plan de la industria de la conservación para duplicar el tamaño de las Áreas Protegidas es supuestamente la solución a la pérdida de biodiversidad, el cambio climático ¡y ahora incluso el COVID-19! Aunque las Áreas Protegidas no resolverán esto, si la industria de la conservación repite esta gran mentira, la gente terminará por creerla.

Foto: Survival International

Parecería que todo el mundo se viene alineando al plan de la industria de la conservación para duplicar el tamaño de las Áreas Protegidas. Se supone que se extenderían sobre más del treinta (¿o incluso el cincuenta?) por ciento del planeta. El número es arbitrario, el punto es que se supone son la solución para casi todos los problemas grandes: la pérdida de biodiversidad, el cambio climático y ahora incluso, aunque no lo puedan creer, ¡el COVID-19!

¡Y qué bueno sería! De última, todos están de acuerdo en que esos son los grandes problemas – es decir, todos los que no están muriendo de hambre o siendo bombardeados o baleados. Pero pretender que las Áreas Protegidas son la respuesta a cualquiera de los problemas mencionados anteriormente es una gran mentira. No los resolverán. Por supuesto, si la industria de la conservación dice una mentira lo suficientemente grande y sigue repitiéndola, la gente terminará por creerla.

Uno de los lados trágicos de promover soluciones falsas es que estas desvían la atención de las que podrían ser verdaderas soluciones. Pero esto es incluso peor que eso.

Pérdida de biodiversidad

Veamos uno por uno los tres asuntos que supuestamente las Áreas Protegidas van a resolver. Es obvio que la pérdida de biodiversidad debería ser el asunto más directo. Después de todo, si se cerca una gran superficie de tierra y se detiene toda actividad humana allí, seguramente terminará habiendo más biodiversidad de la que existía antes, cierto?

Hay tres problemas realmente grandes con esta idea. Primero, la llamada “naturaleza salvaje” es una fantasía resultante de la imaginación de los europeos. Es el mito que, durante más de dos mil años, opuso “civilización” frente a “naturaleza salvaje” – es decir, tierras fuera del imperio pobladas por bárbaros hostiles y nómadas. Ésos fueron los territorios que los romanos intentaron “domesticar” hace 2000 años, principalmente porque querían los recursos: esclavos, sal, estaño, lo que fuese. Ahora, la industria de la conservación dice que quiere que permanezcan en estado “salvaje”, pero, en realidad, alguien todavía sigue tras sus recursos, para beneficiarse del turismo, la tala, las plantaciones e incluso la minería, actividades que son facilitadas por las Áreas Protegidas.

Estas áreas no son “salvajes”. Los humanos han manipulado el paisaje en casi todos lados mientras han existido. ¿Por qué no? Siendo la especie más inteligente de la Tierra, ¿por qué no alteraríamos la flora y la fauna para adaptarla a nosotros, tal como lo hacen numerosas especies?

Fueron los seres humanos quienes utilizaron el fuego para despejar tierras, quienes cambiaron el equilibrio de las poblaciones de animales a través de la caza, quienes movieron las plantas a escala intercontinental, quienes domesticaron animales (el perro fue el primero que conocemos) – y todo eso decenas de miles de años antes de lo que ahora llamamos “agricultura”. Cuando el cultivo y el pastoreo crecieron más que la caza y la recolección (y olvidemos el cuento de hadas europeo de que la agricultura fue “descubierta” en el Medio Oriente), entonces los cambios se aceleraron. Los pastores crearon nuevas llanuras de hierba, sus rebaños movieron semillas en grandes extensiones y abrieron nuevos espacios. La gente manipuló las plantas para producir cientos de variedades que no podían sobrevivir sin el cuidado humano. Vastas terrazas en las laderas de las colinas, quemas estacionales y caza selectiva (de castores, por ejemplo), alteraron los cursos de agua.

Las últimas investigaciones apuntan al hecho de que las grandes “tierras salvajes” del planeta – la Amazonía, las llanuras africanas, las junglas de la India, etc. – son creaciones humanas forjadas a lo largo de miles de años. Esto, por supuesto, no fue reconocido por los colonos europeos, y todavía no está en el lenguaje del conservacionismo. La “naturaleza salvaje” fue promovida desde la época de las “guerras contra los indios” en Estados Unidos, cuando los Nativos Americanos fueron expulsados ​​de los parques nacionales que estaban emergiendo, solo otro capítulo en su historia de opresión y la “domesticación” de Occidente. El racismo, que fue un elemento central en la gestación del relato conservacionista, todavía está presente hoy, aunque algo oculto.

El segundo problema con la idea de que las Áreas Protegidas protegen la biodiversidad es el hecho de que no hay mucha evidencia de que estas sean particularmente buenas en ello. Es imposible medir con precisión cabal (¿qué es exactamente lo que se debe considerar?), pero los estudios indican que las tierras bajo manejo indígena tienen un resultado mucho mejor que en las Áreas Protegidas. Finalmente se está volviendo irrefutable que alrededor del 80% de la biodiversidad se encuentra en territorio indígena.

El tercer problema es que las Áreas Protegidas en realidad pueden conducir a la pérdida de biodiversidad. Al desalojar a los pueblos indígenas (y olvidemos la mentira de que tales desalojos son cosa del pasado, porque no lo son), se les impide a quienes han demostrado proteger la biodiversidad hacer lo que han estado haciendo muy bien y se les expulsa, en desmedro finalmente del paisaje.

Si realmente se busca frenar la pérdida de biodiversidad, el método más rápido, más barato y mejor probado sería apoyar la mayor cantidad posible de tierras indígenas y devolverles el control de tanto como sea posible de lo que les fue robado.

Cambio climático

La noción de que las Áreas Protegidas ayudarán a resolver la crisis climática es fácil de rebatir, tanto que cabe preguntarse cómo alguien podría haber tenido esa absurda idea en primer lugar. Brevemente, si el mundo produce la misma contaminación que ahora, pero solo en el 10% de su superficie (o 5%, o lo que sea), entonces no importa lo que esté sucediendo en el 30% (o lo que sea) “protegido”. El efecto sobre el clima sigue siendo exactamente el mismo. La lógica es ineludible: puedes cercar la tierra, pero no puedes cercar el viento.

Si lo que está detrás del cambio climático es la quema de combustibles fósiles, entonces la solución es igualmente simple: quemar menos y olvidarse de falsas soluciones como las “compensaciones” y las “emisiones netas cero”. Pero es una fantasía pensar que eso puede suceder sin reducir el consumo en los países más ricos, que usan mucha más energía que los más pobres. Pase lo que pase, la desigualdad masiva y creciente debe comenzar a corregirse, por el bien de todos.

Más Áreas Protegidas no ayudarán en la lucha contra el cambio climático.

COVID-19

La idea de que el aumento de Áreas Protegidas evitará o reducirá las pandemias es nueva, y es un intento obvio de explotar la crisis actual para promover la agenda de la “conservación como fortaleza”, que no tiene relación alguna con la epidemia. Es una cínica estrategia de marketing.

Los coronavirus fueron descubiertos por primera vez por la ciencia hace décadas. Como ahora todos sabemos, COVID-19 (enfermedad del COronaVIrus de 2019) se originó en una especie animal no humana antes de saltar a los humanos. Todavía no se conoce la especie en la que comenzó. Podrían ser murciélagos salvajes u otra especie. Podría haber habido un huésped intermediario, como los pangolines, que pueden conseguirse fácilmente en China donde, según los informes, hay criaderos – pero tampoco lo sabemos. Esto no es motivo de sorpresa: se conoce la bacteria causante de la Peste, (de 75 a 200 millones de muertes) pero la forma de transmisión, que generalmente se ha dicho fue por las pulgas de las ratas, en realidad pudo haber sido de humanos a humanos. La idea de que el COVID-19 provino del comercio de vida silvestre no ha sido verificada, y probablemente carezca de sentido.

De todos modos, la humanidad sin duda ha sufrido enfermedades originadas en otros animales desde la existencia de nuestra especie. Siempre hemos vivido cerca de los animales. La influenza, que anualmente acelera o causa la muerte de entre unas 290.000 a 650.000 personas, proviene originalmente de un ave de la selva a través de sus descendientes domesticados como pollos y patos. El sarampión, que mata unas 140.000 personas al año, tuvo su origen en ganado domesticado. (Al momento de escribir este artículo, se cree que alrededor de 130.000 personas murieron a causa del COVID-19).

Hay millones de tipos de virus, están en todas partes, incluso dentro nuestro, mutan y probablemente han existido desde las primeras células vivas. Son parte del tejido de la vida.

Que haya más Áreas Protegidas no hará nada para prevenir pandemias. En todo caso, tendrán el efecto inverso aumentando el hacinamiento al expulsar a las personas de sus tierras hacia los barrios marginales urbanos, que ya albergan a aproximadamente una cuarta parte de los habitantes de las ciudades del mundo.

¿Qué tipo de Áreas Protegidas ayudaría a estos tres problemas?

Las Áreas Protegidas tal como son ahora no resolverían ninguno de estos problemas y fácilmente podrían empeorarlos. Sin embargo, sería fácil concebir un Área Protegida que verdaderamente ayudaría a proteger la biodiversidad: simplemente proteger los derechos indígenas a su tierra. El problema es que, aparte de cierto palabrerío intrascendente, no hay pruebas de que esto sea lo que los defensores de las Áreas Protegidas tienen en mente.

En la actualidad hay dos tipos de Áreas Protegidas. Uno existe en zonas donde las poblaciones locales son numérica y políticamente fuertes, en términos relativos. Allí no es posible crear un Área Protegida sin tener en cuenta sus necesidades. Los Parques Nacionales en el Reino Unido, por ejemplo, incorporan granjas en funcionamiento e incluso aldeas y ciudades enteras. No hay restricciones para entrar o vivir en ellas. Las personas no se van porque tienen una importante influencia política. El otro tipo de Área Protegida, la conservación como fortaleza, es la norma en África y partes de Asia. Es como en un principio fueron concebidos los parques nacionales en Estados Unidos. La población local, casi siempre indígena de la zona, es expulsada por la fuerza, la coerción o el soborno. Los mejores guardianes de la tierra, antes autosuficientes y con la huella de carbono más baja que cualquiera de nosotros, quedan sin tierra, reducidos al empobrecimiento y al hacinamiento urbano.

No hay razón para pensar que el nuevo llamado a duplicar las Áreas Protegidas signifique algo diferente. Sus defensores todavía siguen hablando en gran medida de “tierras salvajes” en lugares como África o Asia, precisamente donde viven los pueblos indígenas, donde la conservación como fortaleza está viva y consolidada, y donde las personas están siendo expulsadas de sus tierras mientras escribo esto (como en la Cuenca del Congo o en las reservas de tigres de la India).

¿Quién quiere Áreas Protegidas y por qué?

Las Áreas Protegidas son promocionadas entusiastamente por ONG conservacionistas, gobiernos y empresas. Las ONG quieren la mayor cantidad de dinero posible para mantener su dominio sobre cada vez más superficies del mundo, lo cual ven amenazado por los locales. Los gobiernos odian a las personas autosuficientes, a quienes resulta difícil cobrarle impuestos y controlar y quienes tienden a ser escépticas ante la afirmación del Estado de controlar la comunidad. Las empresas buscan más consumidores así como extraer más materias primas, a menudo de las “tierras salvajes”. Necesitan lugares donde poder afirmar que “compensan” el carbono, para maquillar de verde su imagen lo más posible.

El resultado es que miles de millones de dólares del dinero de los contribuyentes se canalizan a áreas de conservación que ignoran todos los controles de la defensa de los derechos humanos, que allí se violan sistemáticamente. La mayoría de estos proyectos están a cargo de ONGs, de empresas privadas con fines de lucro o de ambos. Se establecen en colaboración con industrias madereras y extractivas, la caza de trofeos, las concesiones turísticas y los agronegocios. Toman la tierra que durante largo tiempo sustentó una forma de vida para la población local y la remodelan para que algunos foráneos obtengan ganancias. En ciertas zonas existe una clara  superposición de, por ejemplo, concesiones mineras con áreas protegidas. Las ONG conservacionistas están, al menos en parte, controladas por jefes de empresas que se sientan en sus directorios, se asocian con ellas y las financian, ¿por qué esperar algo diferente?

El Área Protegida de Messok Dja, en la República del Congo, es un ejemplo. Cuesta 24 millones de dólares, de los cuales 4 millones son administrados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Esto incluye contribuciones del Gobierno del Congo y de una empresa vinculada al turismo, al aceite de palma y a la tala, así como de dos ONG conservacionistas.

La idea de la conservación como fortaleza  – Áreas Protegidas que protegen la tierra de la rapacidad desenfrenada de los lugareños – es un mito colonial. Es un cuento de hadas ambientalmente nocivo, enraizado en ideas racistas y eco-fascistas acerca de qué personas valen algo y cuáles no valen nada y deben ser expulsadas y empobrecidas, o peor. Un buen número de ambientalistas conocen esto, pero sus voces quedan acalladas por el temor a dañar su carrera o a una consecuencia legal.

Al despojar a la población rural de sus estilos de vida en gran medida autosuficientes (cazar, pastorear, recolectar y cultivar sus propios alimentos y medicinas) y forzarla a la economía monetaria en su nivel más miserable, el que haya más Áreas Protegidas no hará más que provocar una mayor pérdida de biodiversidad, exacerbar el cambio climático y aumentar la probabilidad de nuevas pandemias, exactamente lo contrario de lo que se afirma. Si los conservacionistas del modelo fortaleza ganan su batalla, el efecto será mayor empobrecimiento y hambre para millones de personas. Es poco probable que la población local lo tolere, y en algunos lugares simplemente se verá obligada a recuperar sus tierras por la fuerza. Eso se traducirá en el final de esas Áreas Protegidas para siempre.

Nada de esto es para decir que muchos de quienes creen en la conservación y en las Áreas Protegidas como fortaleza no creen en su gran mentira: lo hacen. Se aferran a ella como a un acto de fe, tan firmemente como cualquier fanático. En última instancia, también es un desastre para ellos, ya que eventualmente se demostrará que su trabajo es contraproducente. Pero la tragedia infligida en el proceso sobre las personas y la naturaleza que están dañando, es mucho más grave. Si nos preocupamos por la biodiversidad y el cambio climático, no se debe permitir que prevalezcan. La biodiversidad depende de la diversidad humana. Ésa es la clave que debe incorporarse rápidamente a una ideología de la conservación, por el futuro, por nuestro planeta y por toda la humanidad.

Stephen Corry, director@survivalinternational.org @stephencorrysvl
Director, Survival International

Referencias:
Corry, S., It’s time to clean ecofascism out of environmentalism, Abril de 2020, CounterPunch
Corry, S., New deal for nature: Paying the emperor to fence the wind, Febrero de 2020, CounterPunch
Corry, S., Diversity Rules Environment, Diciembre de 2019, CounterPunch