Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Pueblos Indígenas y negociaciones sobre clima

Como miembros de la asamblea mundial sobre salud de los pueblos indígenas, los miembros del Comité sobre Salud Indígena prepararon varios documentos técnicos informativos para el Foro Permanente de las Naciones Unidas sobre Asuntos Indígenas; la mayoría de quienes asistíamos a la segunda sesión estábamos centrando nuestro trabajo en las actividades de los llamados programas y organismos especializados de la ONU. Para la mayor parte de la gente, esta serie laberíntica de organizaciones monolíticas y monumentales es demasiado confusa para comprenderla; para las comunidades y pueblos tribales e indígenas y sus organizaciones, principalmente rurales o con base en desiertos o bosques, suelen ser demasiado a menudo, organismos determinados y bien armados que expresan todas las voces del colonialismo institucionalizado: el colonialismo neoliberal, el biocolonialismo, el mercado “no” libre y la globalización.

La nueva creación del Consejo Económico y Social, el Foro Permanente sobre Asuntos Indígenas, es una comisión funcional establecida en el año 2000, uno de los logros de la Década Internacional de los Pueblos Indígenas. Con un mandato apabullante que abarca temas socioeconómicos, ambientales, de salud, culturales, educativos y de derechos humanos, los miembros del Foro, así como los observadores que asistieron a sus sesiones están todos en el mismo barco, buscando un timón eficaz y buenos vientos.

Ya en la segunda sesión fue claramente evidente que el Foro tiene un mandato muy diferente a nuestras expectativas, muy diferente del Grupo de Trabajo sobre Poblaciones Indígenas (WGIP, por sus siglas en inglés) de la Subcomisión. Nuestras preocupaciones crecen a medida que nos damos cuenta que los métodos de trabajo y el proceso de toma de decisiones del Foro tienen importantes lagunas y puntos débiles que es necesario abordar con rapidez si se pretende dotar de sentido coherente y una función útil a este nuevo organismo.

Ciertamente, hay mucho que aprender, y todos nosotros estamos “aprendiendo al andar”, como promueven muchos organismos y cuerpos especializados de la ONU. El problema de este enfoque es que en este proceso en realidad se aprende muy poco, muy tarde y sólo por parte de muy pocos. El peligro es que muchos pueblos indígenas y pequeñas comunidades están librando una lucha desesperada por sobrevivir y se acercan a la extinción, y esta forma de aprendizaje es demasiado cara para nosotros.

Tomemos, como ejemplo, las negociaciones y el proceso del Protocolo de Kyoto de la Convención sobre Cambio Climático. Como indígena, participante en la campaña contra las represas en mi propia provincia de India, entre fines de mayo y principios de junio, participé en una gira de lobby por algunos países europeos occidentales seleccionados, que finalizó con la difusión de un documento informativo durante la 18° reunión del Organismo Subsidiario de Asesoramiento Científico y Técnico (SBSTA) del Protocolo de Kyoto en Bonn. Este protocolo fue aprobado para implementar y hacer posible algunos objetivos muy poco realistas de reducción de emisión de gases de efecto invernadero para los llamados países del Anexo 1 (los culpables industrializados del calentamiento global) que establece la Convención.

El Protocolo de Kyoto y su Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) es un nuevo dispositivo notoriamente cínico y peligroso para convertir la última frontera –el propio aire que respiramos y en el que vivimos– en un “bazar” privado y orientado al mercado de futuros de espacios atmosféricos cerrados. En el futuro cercano podremos encontrar que no sólo nuestras tierras y bosques, sino además el aire que rodea nuestros poblados ha sido vendido y pertenece a alguna compañía multinacional o transnacional con accionistas extranjeros en algún país lejano. El Banco Mundial estableció su Fondo Prototipo de Carbono (PCF, por sus siglas en inglés) para “aprender al andar” cómo financiar proyectos destructivos, no sustentables y altamente polémicos, como las grandes represas y las plantaciones de monocultivos, a través de socios privados. En teoría estos proyectos están comprendidos en los marcos de las políticas operativas del Banco sobre pueblos indígenas, medio ambiente, bosques, género, etc, pero éstas rara vez se aplican porque se trata de “aprender al andar”. Mientras tanto, las comunidades indígenas en el sudeste asiático, a lo largo del Mekong, en Indonesia, Uganda, Guatemala, Minas Gerais y Espirito Santo en Brasil son privadas de sus tierras, agua, ríos, salud y formas de sustento. Así, aprendemos. ¿Por cuánto más tiempo?

El MDL no tiene espacio para los pueblos indígenas y a diez años desde la Cumbre de la Tierra de 1992 tampoco lo tenemos en la Convención sobre Cambio Climático y su Protocolo, a pesar de que los pueblos indígenas somos uno de los “grupos principales”, a pesar de nuestras declaraciones de Río y Johannesburgo, y de los planes de acción, y de la Agenda 21, y así podríamos seguir. En realidad, ¡el MDL no tiene nada que ver con el cambio climático! Los países desarrollados siguen quemando combustibles fósiles, incluso a mayor ritmo, mientras compran créditos de carbono ficticios para sentirse justificados y moralmente limpios por contaminar y en última instancia destruir la Tierra. El MDL es un nuevo mercado mundial que, como reveló con franqueza un representante gubernamental participante en las negociaciones sobre clima, nada tiene que ver ni con “caridad” ni con “desarrollo”. Una serie de organizaciones, intermediarios y mecanismos de certificación de prácticas de desarrollo limpio y sustentable han brotado de pronto como hongos en Occidente, consultores con salarios altos y licenciados en contabilidad de instituciones extranjeras viajan apresuradamente a nuestros países lejanos a “inspeccionar” sitios de proyectos y a “consultar” a las partes interesadas, mirando constantemente sus relojes y sus computadoras portátiles, en última instancia para validar y redactar certificados que carecen de significado para nosotros pero capaces de producirnos un daño enorme.

Entonces, ¿por qué continuamos participando en esos procesos plagados de mentiras y vacíos de moralidad y de compromisos auténticos? Ahora, estamos obligados, nos guste o no, a jugar este juego en el campo que hemos acordado, con las reglas que hemos aceptado, así que o jugamos bien o no nos presentamos. Convencidos de esto, continuaremos intentando realizar y brindando nuestro apoyo a cualquier actividad que pueda aumentar la utilidad y efectividad del Foro. Debemos seguir alentando y exhortando a las agencias y organismos especializados de la ONU a ser sensibles a nuestros reclamos, a respetar nuestros derechos, y debemos trabajar con ellos en una relación de cooperación, de consulta y respeto mutuos para lograr nuestros objetivos. Debemos conquistar nuestro camino en estas difíciles negociaciones, sin dejarlo en manos de las ONGs, reclamar nuestros lugares legítimos y jugar nuestro papel, si creemos que eso puede servir a nuestras aspiraciones y a la agenda colectiva. También debemos tener el coraje de expresar nuestro rechazo en forma categórica y declararnos fuera de las negociaciones si se demuestra que éstas son destructivas para nosotros, carentes de moralidad y compromiso político. Es la única forma en que podemos desempeñar un papel constructivo y positivo. La pregunta es ¿alcanzará con esto?

Por: D. Roy Laifungbam, CORE, Manipur, Miembro de India del Comité sobre Asuntos Indígenas, 23 de junio de 2003, editado y enviado por Jutta Kill, SinksWatch, correo electrónico: jutta@fern.org