Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Consumo industrial: una causa subyacente, en gran medida invisible pero decisiva, de la crisis

El consumo industrial es intrínseco a la lógica de creciente acumulación del capitalismo. Es una causa subyacente de la crisis múltiple, que se ve reforzada por intentos de imponer una nueva etiqueta ‘verde’ a las mismas cadenas de producción. Este artículo resalta voces de Justiça Ambental! (JA!), Mozambique, y la alianza ecofeminista africana WoMIN.

Cabo Delgado, Mozambique. Foto: JA! Mozambique

Este artículo nos trae las voces de dos organizaciones: Justiça Ambental! (JA!), de Mozambique, que acompaña las luchas en Cabo Delgado contra la extracción de yacimientos de gas en alta mar y tierra firme; y WoMIN, una alianza ecofeminista africana que trabaja con movimientos de mujeres y comunidades afectadas por las actividades mineras.

El mundo se encuentra sumido en una crisis grave y múltiple, en la que confluyen preocupaciones sobre la devastación ambiental, el caos climático, la pérdida de diversidad biológica, la deforestación a gran escala, la desigualdad social, la inseguridad alimentaria, el aumento de los niveles de pobreza y la concentración del poder y de la tierra en pocas manos. Y la lista puede seguir y seguir. El consumo industrial es un aspecto fundamental de lo que impulsa esta crisis, es decir, una causa subyacente. Se trata de causas que operan a escala mundial y constan de componentes económicos, políticos y sociales que se influyen mutuamente.

Es importante señalar que el término consumo industrial debe entenderse no como el acto individual de consumir sino como una consecuencia de la lógica sistémica de la economía capitalista, de acumulación cada vez mayor. Eso significa que cada empresa, para obtener más ganancias, necesita crecer y, en muchos casos, producir más y promover mercados más grandes y nuevos para su expansión; pero para producir más, una empresa también necesita consumir más recursos (particularmente energía, tierra y agua).

Grandes cantidades de energía, de diferentes fuentes, son distribuidas a las industrias para alimentar sus cadenas de producción. Miles de hectáreas de tierra fértil se transforman en cultivos comerciales con fines industriales. Las minas y las plantaciones industriales de todo el mundo extraen y contaminan enormes cantidades de fuentes de agua ya escasas. (1) La tierra está cada vez más bajo el control de un grupo cada vez más reducido de personas. Cada día, las empresas de plantaciones de árboles y otros sectores de la agroindustria producen y utilizan enormes cantidades de herbicidas, insecticidas, fungicidas y fertilizantes. Los minerales y los combustibles fósiles continúan siendo extraídos y transportados por todo el mundo a través de largos corredores de tuberías, vías fluviales y carreteras, frecuentemente militarizados. Constantemente se están construyendo y ampliando puertos, aeropuertos, carreteras y centros de almacenaje para facilitar conexiones más rápidas y de menor costo entre industrias y mercados. Y mucho más por el estilo. Esta lógica sistémica de producción y consumo cada vez mayores refuerza, al mismo tiempo, modelos estructurales de opresión, racismo y patriarcado.

El consumo industrial se ve ahora reforzado por iniciativas oficiales y empresariales que intentan imponer una nueva etiqueta ‘verde’ al mismo modelo económico. Los objetivos establecidos por empresas y gobiernos para reducir la contaminación, la deforestación y la pérdida de biodiversidad se presentan en su mayoría junto a paquetes económicos que respaldan el crecimiento económico, el libre comercio y el capitalismo globalizado. ¿Y eso qué quiere decir? Básicamente, más consumo y producción industrial. Asimismo, la llamada economía ‘verde’ o ‘baja en carbono’ se impulsa junto con políticas de mercado que pretenden compensar la contaminación y la destrucción intrínsecas a dicho modelo económico. En pocas palabras, la supuesta ‘transición’ busca mantener el mismo modelo económico que es responsable de la crisis y así permitir que continúe ininterrumpidamente.

Extracción de gas en Mozambique

El etiquetado del gas como ‘combustible limpio’ es un ejemplo de ello. Hablamos con amigos de la organización Justiça Ambental! (JA!), de Mozambique, donde varias empresas están involucradas en la exploración y extracción del llamado gas natural en Cabo Delgado, la provincia más septentrional de Mozambique.

Nos dijeron lo siguiente: “El gas no es un combustible de transición y definitivamente no es una energía limpia. A corto plazo el gas es incluso peor que el carbón debido a su liberación de metano (el componente principal de dicho gas natural) a la atmósfera. El metano, un poderoso gas de efecto invernadero, atrapa 86 veces más calor que el dióxido de carbono durante un período de 20 años, convirtiéndolo en la mayor amenaza para el cambio climático. El gas destruye el ambiente y contamina el aire, el mar y la tierra, al igual que el petróleo o el carbón. Si realmente queremos hacer frente a la crisis climática y garantizar un futuro para la juventud y las generaciones venideras, debemos reducir drásticamente las emisiones y detener los proyectos de gas, petróleo y carbón”.

JA! explicó que Cabo Delgado solía ser un destino turístico popular, debido a su hermosa costa, bosques y pueblos. La mayoría de los habitantes locales son campesinos, pequeños agricultores y pescadores. A principios de 2000 se descubrió un enorme campo de gas, uno de los más grandes del mundo. Empresas transnacionales como Anadarko y Exxon Mobil (Estados Unidos), ENI (Italia), Shell (Países Bajos), Total (Francia), China National Petroleum Corporation (China), Kogas (Corea del Sur), Galp (Portugal), Mitsui E&P (Japón), y muchas más, se apresuraron a participar en esta oportunidad de extracción. Como consecuencia hubo un auge del gas y, por supuesto, obtuvieron enormes ganancias. Y así Mozambique “se embarcó en esta nueva utopía de los discursos de desarrollo: mejor vida para las comunidades, gas como fuente de energía de transición y muchas más”, relató JA!.

“La realidad de los impactos de la exploración de gas es bien conocida y está bien documentada, pero el gobierno de Mozambique y muchos sectores de la sociedad civil decidieron ignorar las voces de los pocos que tuvimos el coraje de levantarnos contra esta ilusión, señalando la evidente amenaza de creer que con nosotros sería diferente, que no caeríamos en la maldición de los recursos”, denunció JA!. “La mayoría de la gente tenía expectativas muy altas en cuanto a cómo la industria del gas finalmente impulsaría el desarrollo de Mozambique (similar a las creencias en la época del auge del carbón) y sería una oportunidad para pagar las deudas ilegales contraídas por nuestro gobierno”.

Así comenzó la fiebre del gas, para exploración en alta mar y en tierra firme el proyecto de gas natural licuado LNG (Liquefied Natural Gas). JA! describió cómo las Evaluaciones de Impacto Ambiental se realizaron de manera acelerada, los contratos se firmaron a puertas cerradas y los planes de reubicación se implementaron sin la consulta adecuada y sin tener en cuenta las necesidades y solicitudes de las personas. Incluso antes de que comenzara la exploración y mucho antes de que comenzaran a obtenerse las primeras ganancias proyectadas, comenzaron a presentarse los problemas en el terreno.

“Las comunidades campesinas fueron reubicadas en casas nuevas, pero no les dieron las tierras que les prometieron, por lo que no pueden cultivar sus propios alimentos como siempre lo hicieron. Los pescadores fueron reubicados en zonas muy alejadas del mar, aun después de pedir reiteradamente que los ubicaran cerca de la costa para poder seguir ganándose la vida con la pesca. Como dijo el Sr. Burahani, uno de los pescadores: ‘No sé hacer otra cosa que pescar’, así que esto ha hecho que las comunidades dependan de la compra de alimentos, en un momento en el que el costo de los productos básicos está en constante aumento”.

Para empeorar las cosas, a principios de 2017 comenzaron los ataques de grupos insurgentes. “Aún se desconocen las verdaderas motivaciones que llevaron al estallido de este conflicto, donde se están cometiendo crímenes horribles, pero su conexión con la exploración de gas es innegable”, explicaron integrantes de JA!. “Las fuerzas gubernamentales y los mercenarios contratados para contrarrestar la insurgencia también se han visto involucrados en importantes violaciones de los derechos humanos, y la militarización y el conflicto en la zona, junto con las injusticias relacionadas con los proyectos de gas, han destruido la vida de las personas. Periodistas, activistas comunitarios y organizaciones de la sociedad civil que trabajan en el lugar son objeto de ataques, se les impide hacer su trabajo o simplemente los desaparecen sin dejar rastro. Antes una provincia pacífica, Cabo Delgado es ahora una provincia en guerra, con más de 3.000 muertos y 600.000 desplazados internos, y cientos de miles que enfrentan hambruna, enfermedades y violencia”.

Minería en África

La llamada economía ‘verde’ impulsa la electrificación y digitalización de numerosos productos e industrias, desde automóviles eléctricos hasta el uso de la tecnología digital de la cadena de bloques (o blockchain) para la industria agrícola. Esto requiere una gran cantidad de recursos minerales, además de los habituales que se necesitan para mantener el nivel de consumo actual. Hablamos con integrantes de la organización amiga WoMIN para saber más sobre las situaciones vividas en diferentes países de África.

Nos dijeron lo siguiente: “Es fundamental cuestionar los supuestos de la economía ‘verde’ cuando gran parte de los costos, muchos de ellos violentos, son asumidos por comunidades del Sur Global que sufren por un extractivismo a gran escala insostenible, impune y destructivo. La creación de sistemas y tecnologías de energía renovable que hagan posible una economía ‘verde’ (paneles solares, baterías, etc.) aumentará la demanda de minerales y metales de tierras raras, muchos de los cuales pueden obtenerse en grandes volúmenes en países africanos”.

Como ejemplo, mencionaron el caso de la República Democrática del Congo (RDC), donde se encuentran aproximadamente la mitad de las reservas mundiales de cobalto. (2) Los niveles de contaminación y violencia que enfrentan las comunidades donde se lleva a cabo esta extracción, ya es alto, y sacrifican el bienestar y la seguridad de millones de personas y del planeta en favor de las ganancias de unos pocos elegidos. (3) “No puede ser una economía ‘verde’ para unos pocos privilegiados del Norte Global mientras las comunidades Negras y Marrones de todo el Sur Global, junto con sus tierras y territorios, pagan un precio tan terrible”, afirmaron integrantes de WoMin.

También destacaron lo siguiente: “En casi todos los contextos en los que se está llevando a cabo la extracción de recursos a gran escala en todo el continente, existen altos niveles de violencia que impactan a las comunidades que viven allí y a las mujeres de manera particular. Los defensores del medio ambiente y las comunidades que se resisten a estos proyectos mineros también enfrentan altos niveles de represión por tomar una posición”.

Un ejemplo es Marange en Zimbabwe, que en los últimos 15 años ha sido un campo de batalla en la lucha por el control de la vasta riqueza de diamantes del territorio. (4) “En ese momento, las comunidades tradicionales que residían en Marange fueron invadidas por decenas de miles de mineros artesanales, comerciantes e intermediarios, quienes tomaron el control de sus tierras, se burlaron de las prácticas tradicionales y perpetraron violaciones, asesinatos y robos a mano armada entre sí y a las comunidades locales”, destacaron.

En noviembre de 2008, el Ejército Nacional de Zimbabwe llegó a la región para expulsar a los mineros y comerciantes artesanales, en una movida del Estado para tomar el control total de los lucrativos campos de diamantes. Hubo una masacre de mineros artesanales y aldeanos, y cientos de aldeanos huyeron de sus hogares tradicionales. “Más de 200 mineros fueron asesinados a tiros en cinco semanas, y se estima que cientos de mujeres fueron violadas, incluso violadas en grupo tanto por los soldados como por los mineros artesanales. La violación y la violencia sexual de diversas formas se han utilizado a menudo como una forma de controlar y reprimir a las mujeres y las comunidades de las zonas mineras”, denunciaron.

Para dar más difusión a estas voces se creó la plataforma Levántate Contra la Represión (Rise Against Repression) (5), que documenta la represión y la violencia que enfrentan los y las defensoras del medio ambiente y las comunidades en los sitios donde hay minería y otro tipo de actividades extractivas en el continente africano, con un fuerte enfoque en las mujeres.

Integrantes de WoMin explicaron que varias comunidades de zonas mineras también sufren la contaminación y degradación de sus tierras y territorios, de los que dependen para su vida y sustento. En Bargny, Senegal, donde durante más de una década las mujeres procesadoras de pescado se han opuesto a los destructivos proyectos mal llamados de desarrollo (6), la contaminación provocada por la central eléctrica de carbón de Sendou causó un daño inmenso al ambiente y la comunidad circundantes. Patrocinado por el Banco Africano de Desarrollo (BAfD), el Banco de Desarrollo de África Occidental (BOAD), el Banco de Desarrollo de los Países Bajos (FMO) y la compañía privada Compagnie Bancaire de l’Afrique de l’Ouest (CBAO), el proyecto Sendou planteaba una gran amenaza a la comunidad, donde la pesca y el procesamiento de pescado por parte de las mujeres son fuentes importantes de sustento. En enero de 2019, Sendou I vertió aguas residuales donde las mujeres trabajan con el pescado, en Khelcom, lo que provocó pérdidas y daños importantes en su cosecha de pescado seco. “Dado que las mujeres, además de estar a cargo de las actividades agrícolas, también hacen el trabajo del procesamiento y venta de pescado, han sido las más afectadas”, advirtieron.

¿Una transición hacia dónde?

Resulta muy importante denunciar los peligros que se esconden detrás de la llamada transición hacia una economía ‘verde’ o ‘baja en carbono’. Queda claro cuáles son los intereses en juego y que el consumo industrial seguirá expandiéndose. Como lo dijeron las integrantes de WoMIN: “Cualquier movimiento hacia una ‘transición’ justa comienza con las personas, es decir, las personas que están más directamente afectadas y han soportado el mayor costo de la crisis climática y de las actividades extractivas, impulsadas por el actual paradigma económico neoliberal que avanza con el cartel del ‘desarrollo’ y el ‘progreso’”.

Un cambio sistémico de ese tipo, en el que se respete la autonomía de las comunidades que viven con y por sus territorios, debe ser ideado desde abajo. Esto supone un proceso activo de escuchar y comprender de dónde deben venir los cambios; imaginar una transición desde abajo. Como expresaron claramente las integrantes de JA!: “La lucha es por cambios radicales y sistémicos en nuestras sociedades, para desmantelar el sistema actual que oprime y explota la naturaleza y los pueblos del mundo, hacia un mundo social y económicamente justo. Los pilares fundamentales para los cambios necesarios deben ser la justicia, la equidad y el uso sustentable de nuestros recursos comunes”.

(1) Boletín del WRM 230, Agua y celulosa: la sed del Norte y la resistencia en el Sur
(2) Cobalt reserves worldwide as of 2020, by country
(3) Raconteur, 2019, Cobalt: the dark side of a clean future
(4) Rise Against Repression, The women of chiadzwa
(5) Rise Against Repression
(6) Womin, Women Stand their Ground against BIG Coal; Vea un video cortometraje sobre la lucha Bargny aquí.