Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Paradojas verdes de un país amazónico

La madera de balsa es un importante insumo de los molinos de viento y Ecuador es el mayor exportador del mundo de esta madera. La invasión de millones de molinos aerogeneradores en China, Europa y Estados Unidos significa la masiva extracción de metales para su construcción, así como la tala brutal de árboles de balsa.

La tala de madera balsa en comunidades amazónicas Wampís y Awajún empezó en julio de 2020, durante la crisis sanitaria causada por la Covid-19. Foto: Shapiom Noningo / Mongabay

Extracción de madera balsa en Ecuador para molinos de viento

Corría el primer año desde el inicio de la pandemia y la industria balsera hacía unos meses que se había instalado con fuerza en el Ecuador. Sin embargo, la fiebre de madera de balsa recién había comenzado. Las plantaciones de árboles de balsa se acabaron y la depredación de las poblaciones de árboles silvestres en todos los rincones del país se vieron afectadas. Su destino final es la China.

Todo comenzó cuando el gobierno chino decidió eliminar impuestos para la industria de las energías alternativas. La madera de balsa es un importante insumo de los molinos de viento generadores de energía eólica, por ser la más ligera de las maderas comerciales, inclusive más que el corcho, y por su gran resistencia.

Entre enero y noviembre de 2020 las exportaciones de la industria maderera de Ecuador ascendieron a USD 784 millones, es decir 53% más en comparación con 2019. Casi el 70% de las exportaciones ecuatorianas de madera de balsa se destina a la energía eólica en China, y se ha convertido en el tercer producto de exportación al mercado chino; después del camarón y banano. Ecuador es el mayor exportador de madera de balsa del mundo, acaparando el 90% del mercado mundial.

Aunque hay plantaciones de árboles de balsa establecidas, la altísima demanda china ha orientado a los balseros a abastecerse de fuentes naturales (es decir, de bosques), y a su vez la frontera de las plantaciones de balsa se expande a zonas con vegetación natural y fincas campesinas, dedicadas a la soberanía alimentaria local. Esto ha aumentado no solo la deforestación del árbol de balsa sino además de otras maderas que son comercializadas de manera ilegal.

En la Amazonia, las vías y ríos se han llenado de aserraderos móviles que recolectan los árboles y los cortan en trozos de alrededor de un metro treinta. La balsa se apila una encima de otra y queda lista y esperando ingresar al camión que la transportará al centro de acopio de alguna empresa maderera en la zona costera, quienes sin importar el origen de la madera receptan todo el material posible de exportar y lo embalan para enviarlo a la China por barco. Dentro de la cadena de producción estas empresas se encargan únicamente de la recepción y posterior comercialización a nivel internacional, llevándose económicamente la mayor parte de las ganancias, por lo que su responsabilidad ambiental y social de los impactos que genera la industria queda totalmente a la deriva.

En las comunidades, los trabajadores cobran si acaso el jornal mínimo, la mayoría cortan, apilan y cargan. Son indígenas, y campesinos empobrecidos de los territorios  donde se extrae la balsa y ganan 10 o 15 dólares el día. Muchos de los hombres trabajadores salen a la ciudad el fin de semana con su pequeño jornal, y se lo gastan en alcohol. Las mujeres que cocinan para los trabajadores, alimentan a su familia con lo que ganan. La dinámica comunitaria ha cambiado y se ha instaurado una dependencia más que afecta a la autonomía de varias comunidades ecuatorianas.

Los intermediarios son gente externa que no representan pero responden a las empresas madereras. Son quienes negocian la tala de la balsa generalmente con las dirigencias de las comunidades, ofertando cubrir necesidades básicas como luz, escuelas; incluso centros médicos, derechos que deberían ser garantizados por el Estado. Algunos dirigentes aceptan pensando en las necesidades de la gente, sin evaluar los problemas que enfrentarán a corto y largo plazo. Las negociaciones suelen ser rápidas, ya que el intermediario sabe lo que quiere y sabe cuánto puede ofrecer, y las dirigencias saben lo que necesitan.

Los enfrentamientos dentro de las comunidades lastimosamente están a la orden del día: peleas entre familiares porque el árbol cortado estaba dentro del lindero equivocado y acusaciones a presidentes comunitarios por llevarse el dinero de la balsa, son el resultado del madereo de balsa. El extractivismo de la madera está rompiendo vínculos comunitarios arrasando con las tradiciones culturales. Los comuneros usan todo su tiempo en sacar madera, y ya no asisten a las asambleas y abandonan las labores del cuidado social comunitario.

Desde los aserraderos se vierten los desechos a los ríos, y las crecidas se llevan todo rio abajo; ríos donde antes circulaban pocas canoas transportando personas y alimentos entre las comunidades, ahora parecen una calle con tráfico de Quito, la capital, en hora pico. La gasolina mezclada con el aceite termina en el agua, afectando la pesca de subsistencia, sin consecuencia alguna para los comerciantes.

Cortar un árbol de balsa de gran tamaño afecta a los ecosistemas. Su sombra da cobijo a plantas que ahora se secan bajo el sol abrazador de la línea ecuatorial. Las aves que se alimentan de las flores de balsa ya no cantan como antes, las loras se han ido en búsqueda de nuevos hogares, los tapires y sajinos (jabalí de la selva) quedan descubiertos para que aumente la cacería ilegal.

Historias como estas se repiten en prácticamente todas las zonas del país donde hay bosques tropicales y subtropicales, como son los bosques del Chocó, incluyendo el Chocó Andino, las pocas manchas que quedan en varias regiones de la costa de bosques naturales, o en las estribaciones de los lados de las cordilleras. En el oriente de Manabí la tala de balsa provocó grandes deslaves en una región que conserva uno de los últimos bosques tropicales de la provincia, produciendo graves daños materiales en la comunidad. Hay además una agresiva compra de tierras para sembrar balsa, lo que aumenta la plusvalia (aumento de valor económico) territorial y la precarización de las condiciones de vida.

Dado que se está agotando la balsa silvestre en el Ecuador, los balseros están incursionando en bosques tropicales de los países fronterizos. El testimonio de un miembro de organizaciones sociales del Norte de Esmeraldas nos cuenta que los balseros traen madera del Chocó colombiano por pasos clandestinos, paseándose sin ningún control, hasta llegar a aguas ecuatorianas. La madera, afirman, ingresa por el río Santiago, uno de los grandes ríos que desembocan en el pacífico, donde se ven lanchas con motor fuera de borda cargados con palos de balsa. Las lanchas cargan los troncos en el vecino país, e ingresan evadiendo los controles hasta llegar al río donde abastecen a diferentes puertos ubicados provisionalmente en la vera de los mismos, aquí cargan los camiones que transportan a las empresas exportadoras en los puertos principales.

De igual manera, balseros ecuatorianos sacan madera de los territorios de la cuenca del río Morona, en las selvas amazónicas de Loreto en Perú, afectando al Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampís, lo que ha generado fuertes conflictos. Esto se confirma con la denuncia hecha por el Gobernador Wampis en Perú, Wrays Pérez (Pamuk Gtanw), quien denunció que desde enero de 2020 se habrían sacado más de un millón y medio de pies de madera balsa. (1) En la región operan más de una docena de aserraderos en el Río Santiago. Cada día más de 10 botes con capacidad de 20 a 40 toneladas llevan madera ilegal a la frontera con Ecuador.

Las empresas madereras tradicionales lamentan no haberse beneficiado de esta fiebre de la balsa y han empezado a diseñar estrategias para entrar en el negocio, como expandir la superficie cubierta por plantaciones de balsa e iniciar negociaciones directamente con China.

Mientras tanto, ¿qué pasa en China?

Desde la década del 2000, China ha experimentado un incremento en el consumo de energía, lo que ha estado a la par de la acelerada industrialización del país. A partir del 2010, China planificó cambiar su matriz energética hacia generación de energía de fuentes renovables, incentivando económicamente la producción de energía ‘alternativa’, con graves ‘daños colaterales’ en países amazónicos. En 2020, a pesar de la pandemia de Covid-19, China construyó más parques eólicos que todo el resto del mundo combinado, llegando ese año a un récord en instalaciones.

El propio director ejecutivo de la Asociación Ecuatoriana de industriales de la madera (AIMA), Christian Riofrío, admitió: “No deja de ser una paradoja que la generación de energía limpia está ligada a la presión del bosque nativo en la Amazonía. Cuando hay una gran demanda, con precios altos, el mercado negro se exacerba.” (2) Para Riofrío el problema radica en lo negro del mercado, sin embargo, no toma en cuenta en lo absoluto los impactos sociales y ambientales que genera esta industria.

Lo irónico es que el presidente chino, Xi Jinping, en diciembre de 2020, expuso nuevos objetivos que serán incorporados a su propuesta ante el Acuerdo de París. China se plantea llegar al pico de sus emisiones en el 2030 y llegar a tener Emisiones-Netas-Cero para el 2060. Para ello se plantea aumentar la capacidad instalada de energía eólica y solar a 1200 GW para 2030. Si fuese solo eólica necesitaría construir 1 millón de aerogeneradores. Las propuestas concretas para llegar a estos objetivos seguramente provocarán una vulneración aún mayor de derechos de los pueblos y de la naturaleza, en su propio territorio y más allá, como ya se ha constatado con el madereo de balsa en Ecuador.

Si bien el crecimiento de los parques eólicos en China es exponencial, Estados Unidos y Europa no se quedan atrás. El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, anunció recientemente el despliegue de 30 gigavatios de energía eólica offshore (sobre territorio marino) hasta 2030, mientras que los países de la Unión Europea anunciaron que alcanzarán 340 gigawats de generación eólica hasta el 2030. La General Electric permanece como la empresa fabricante de turbinas eólicas más grande del mundo, le sigue de cerca la china Xinjiang Goldwind, mientras que queda rezagada la danesa Vestas.

La invasión de millones de molinos aerogeneradores en China, Europa, Estados Unidos, va a significar para su fabricación la masiva extracción de metales en muchos lugares del mundo, así como la tala brutal de árboles de balsa. Además, debemos recordar que estos aparatos no duran más de 25 años, pues con el tiempo, se deterioran sus partes. Por lo que antes del 2050 tendrán que rehacer todo de nuevo.

Pero también hay resistencias

Pero no todo es venta en la selva. Existen comunidades que se han opuesto al ingreso de las empresas y de los intermediarios, saben que la madera de balsa constituye una parte fundamental en el equilibrio de la selva. Para la Nacionalidad Sapara del Ecuador (NASE), el árbol de balsa es una protección natural contra los espíritus que viajan por los ríos y permiten la vida en las comunidades. Sabiendo esto se han expresado de manera contundente contra la intensión devastadora de las empresas, quienes han intentado en varias ocasiones convencer a la dirigencia para promover el madereo de balsa dentro del territorio. Una visión similar la mantienen algunas comunidades Kichwas y Achuar en la Amazonía Sur del Ecuador.

A este pequeño país amazónico una vez más se le arrebata el esqueleto de sus bosques a una potencia que dice estar generando energía limpia, paradojas de la llamada ‘economía verde’ que acaban con la estabilidad natural de los bosques y de la selva.

Acción Ecológica, Ecuador
https://www.accionecologica.org/

(1) Video del Gobierno territorial autónomo de la Nación Wampís, circulado por redes sociales en mayo 2021
(2) Vea aquí. Accesado el 11 de junio de 2021.