Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales

Brasil: Yo soy Kum’tum, soy del pueblo Akroá-Gamela

El WRM dialogó con Kum’tum, un indígena del pueblo Akorá-Gamela de Brasil. Estas son sus reflexiones acerca de su historia y del actual proceso colectivo que aspira a reencontrar y recuperar sus raíces tras haber sido desposeídos de su territorio y su comunidad.

Según los mapas y las informaciones del siglo dieciocho, el pueblo Gamela, como lo denominaron los portugueses, estaba en Maranhão, en la región de Baixo Pindaré, que abarca los municipios de Codó, Monção, Cajari, Viana y Penalva. Mi abuela nació en la aldea Capibari, en Penalva, donde se crió, y mi madre nació en Monção, en un lugar llamado Jacareí, donde yo también nací. Es un gran territorio que fue y sigue siendo habitado por el pueblo Akroá-Gamela.

Yo soy el resultado de este proceso de violencia y colonización. Mi abuela, siendo aún muy pequeña, fue sacada de la aldea y llevada con una familia blanca de la ciudad. Mi madre nació fuera de la aldea. Yo nací fuera de la aldea. Y como esas marcas de la ancestralidad están en el cuerpo pero también y sobre todo en el alma, llega un momento en que empiezo a preguntarme sobre esas marcas que cargo. Es a partir de ese proceso de búsqueda, que yo llamaría de retorno consciente, que tomo la decisión de reencontrarme con esas raíces ancestrales para entender esas marcas en el cuerpo y en el alma. Pero no se trata de una búsqueda individual sino que siempre es colectiva. Vamos descubriendo que no estamos solos en el  mundo y que esas marcas no son las marcas de un individuo, son las marcas de un pueblo, de raíces que son comunes y son profundas.

Durante mucho tiempo mi abuela y mi madre usaron el silencio como estrategia. Ante la negación de parte del Estado, la decisión fue de callar. Hoy, la lectura que yo hago es que el silencio es una forma de resistencia. Es un tiempo durante el que hay que callar para seguir existiendo. Entonces, a diferencia de lo que se oye por ahí, el silencio no significa estar de acuerdo con la violencia del Estado. Para nuestros pueblos indígenas el silencio fue, de modo general, una estrategia de resistencia. Comprender y sentir por qué un pueblo hace una cosa o la otra sólo es posible cuando se accede a una memoria que es colectiva.

Nuestros abuelos dicen que hoy estamos en Taquaritiua, que era el lugar donde venían los indígenas. Los indígenas venían de la selva, sobre todo a partir del mes de agosto. Eso se interrumpió. Se instaló una línea de transmisión del telégrafo, que fue separando. Y en la década de 1960 se da un proceso violento de “grillaje” (acaparamiento) de tierras, de documentación notarial fraudulenta. El objetivo de toda esa violencia era de negar esa ancestralidad arraigada a la tierra. Nuestra propia existencia como pueblo fue negada.

Esa negación va generando una separación. Un separarse de la tierra como un todo: persona, bosque, agua, río, lugares sagrados. A medida que se van instalando las cercas, las personas también se van separando unas de otras; se pone una frontera y un límite entre las personas. Y también se interrumpen las relaciones entre las personas. Cuando hacemos ese trabajo de accionar, rescatar, reconectar con nuestra memoria ancestral colectiva, esa perspectiva es siempre posible a medida que nos vamos reencontrando con los lugares que dan sentido a nuestra existencia. Estas dos cosas siempre van muy unidas. La referencia a los lugares, incluso a aquéllos que todavía hoy están cercados, es porque dan sentido a nuestra existencia como pueblo. De eso se trata ese trabajo de acceder a la memoria. Es un acceder que pasa por el corazón. Es algo que sólo puede ser posible de despertar, o desempolvar, si pasa por el corazón.

Historia, territorio y retoma de tierras

Aparecieron documentos de una donación [de tierras] hecha [al pueblo] en la época de la Colonia, en 1759, lo que es una paradoja porque se nos donó algo que ya nos pertenecía. Ahora estoy hablando específicamente de una de esas tierras. Taquaritiua, que está en el municipio de Viana. En esos documentos de 1759, se habla de unas 14 o 15 mil hectáreas. Fue un confinamiento.

En 1969, la ley de tierras de Sarney (1) dispuso las tierras públicas para la apropiación y, en la década de 1970, Maranhão sufrió un proceso violento de “grillaje” (acaparamiento) de tierras. En los años 1970, 1980, se vivió un proceso por el cual aquel territorio donado en 1759 fue particionado y encerrado. El resultado es que hoy, 2018, toda la tierra que consta en esa escritura del siglo dieciocho está registrada a nombre de particulares en el registro del municipio de Viana.

Pero para fines de los años 1990 se dio un movimiento interno de “rumo” en las áreas que habían sido acaparadas, para garantizar la supervivencia. “Rumo” es cuando tu familia va a trabajar en un pedazo [de tierra] dentro de áreas que ya estaban registradas a nombre de otras personas. Entonces, ese proceso de recuperación es antiguo. La presión para expulsar a las familias era muy grande. Se tomó una decisión: “No, de aquí en adelante el invasor no va a poner más cercas; nosotros vamos a demarcar las parcelas”. Fue una resistencia muy importante para la permanencia del pueblo, aunque haya sido en un pedazo muy reducido. Otras familias fueron expulsadas, se fueron a la ciudad, las personas se dispersaron. Pero  donde hubo más fuerza para hacer ese movimiento es donde se posibilitó un proceso más reciente de retoma del territorio.

En 2015 decidimos retomar algunos pedazos de tierra, sobre todo aquellos alrededor de las casas, bien cercanos, para poder garantizar un  lugar para cultivar. Pero hay un elemento de este proceso de recuperación que para nosotros es fundamental, a partir, otra vez, de la memoria: retomar los lugares sagrados. No se retoma sólo para producir. Se retoma la tierra porque es un lugar sagrado, es un lugar que da sentido a la existencia.

Fue importante cuando de nuevo decidimos reorganizarnos y decirle al mundo que existimos como pueblo. Es lo que decía antes: hay un tiempo de silencio para existir y hay también un tiempo de hablar para existir. Estamos en un momento en que es necesario, fue necesario y sigue siendo necesario hablar para que sigamos existiendo.

Organización, odio y violencia

Desde el comienzo quisimos pensar nuestra organización de forma muy circular. No hay una figura que se convierta en portavoz: la voz es de la comunidad. Tenemos que establecer un proceso permanente de conversaciones entre nosotros para la toma de decisiones. Es un proceso permanente de asamblea, de ir construyendo acuerdos entre nosotros y, de nuevo, en base a lo que cuentan los abuelos sobre cómo nos organizábamos desde siempre, que durante un tiempo fue silenciado, para seguir existiendo. Pero no se perdió y seguimos diciendo “nuestra manera siempre ha sido ésa”.

A partir de 2014 empezamos a escuchar amenazas debidas a esta reorganización como pueblo. Ese año, Cemar, la empresa energética de Maranhão, comenzó a construir una nueva línea de transmisión de energía. Les solicitamos la paralización de la obra para regularizar la situación ante los organismos ambientales. El discurso de Cemar es que los “supuestos indígenas” estarían impidiendo el desarrollo de la región. Es impresionante como mucha gente que repite eso nunca va a poder aprovechar eso que llaman desarrollo, pero igual dicen que nosotros se lo impedimos.

En abril de 2017, en una entrevista de una radio local, el diputado [federal] Aluísio Mendes nos llamó de “supuestos indígenas”, alborotadores, invasores, que estábamos quitándole la paz y el sosiego a las personas ordenadas. Ellos hicieron un “acto por la paz”, pero hoy se sabe que desde el comienzo fue un acto para preparar un ataque a las acciones de retoma de tierras. Ellos fueron y atacaron. (2) Otro hecho [es] la importante participación en este proceso de los líderes de la iglesia Asamblea de Dios. Eran ellos quienes estaban en la región organizando el acto, y más que organizando, estaban esparciendo un discurso [sobre los] “invasores que estaban amenazando la paz y el orden”. Todo eso fue preparando terreno para atacar. En la radio se dijo que estos “ataques” que estaríamos llevando a cabo ya habían ocasionado que algunas personas mayores murieran y algunas mujeres sufrieran un aborto. Entonces eso fue como la pólvora y el fuego para atacar. Imaginen que empiezan a echarnos la culpa de las muertes de personas que no tuvieron nada que ver. Se formó un clima de revuelta y odio contra nosotros.

Comunidades articuladas

En la Tela de Pueblos y Comunidades Tradicionales de Maranhão ya tenemos indígenas, quilombolas, ribereños, pescadores, cortadoras de coco, campesinos, con el apoyo de las entidades. Se originó en 2011, cuando el movimiento quilombola Moquibom ocupó el INCRA (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria) debido a la violencia y los más de 400 procesos de comunidades quilombolas ante este organismo sin que se haya tomado ninguna providencia (3).

El 30 de octubre de 2010 asesinaron a Flaviano, un líder quilombola de Charco. El Ministerio Público presentó una denuncia contra terratenientes, intermediarios y pistoleros. A nuestro entender se trató de un mensaje muy claro a todos los movimientos quilombolas que estaban surgiendo. En junio hubo un campamento frente al Tribunal de Justicia del estado de Maranhão a causa del habeas corpus concedido a los terratenientes considerados culpables del asesinato de Flaviano. Ese campamento se fue después al INCRA porque se entendía que la parálisis de los procesos de demarcación de tierras quilombolas resultaba en violencia y amenazas de muerte.

Aquel año hubieron setenta y tantos líderes amenazados de muerte en Maranhão. Sin resolver la cuestión de la tierra no sería posible resolver las amenazas y la violencia física. Fueron doce días de ocupación. Nos encontramos entre quilombolas e indígenas e indígenas y quilombolas, y se percibió que había algo en común: la lucha por el territorio a partir de un sentimiento de pertenencia. Después de eso hubieron otras ocupaciones y en noviembre de 2013 tuvimos un encuentro en Santa Helena, donde nos reunimos siete pueblos de Maranhão y muchas comunidades quilombolas, y entonces dijimos “tenemos que formalizar una alianza entre nosotros”. Fue lindo porque tomamos la simbología de que una sola varita es fácil de quebrar, pero si se juntan muchas es difícil quebrarlas. Y eso quedó como símbolo de esa disposición para seguir aliándonos en esa lucha por el territorio.

Queremos territorios libres. Para eso necesitamos liberar la tierra, quitar las cercas que encierran la tierra, pero hay otras cercas que encierran nuestros cuerpos. Liberar la tierra y liberar los cuerpos. Vemos el cuerpo como un nudo de relaciones entre nosotros y la tierra, el agua, las plantas, los bichos. Eso, en otros lugares, va a significar un proceso de descolonización. Cuando las personas sienten la energía de la tierra, esa energía puede llegarles al corazón para liberarlas.

La Tela tiene ese proyecto de alianza entre quienes estamos dando la lucha. No tiene la perspectiva de lo que otros vayan a hacer por nosotros. No puede ser una organización asociada o aliada, no puede ser el Estado, somos nosotros mismos. Y desde adentro. Y de nuevo esos elementos de memoria son fundamentales. Cuando tiramos abajo la cerca de alambres de púa, la tiramos porque no estuvo ahí desde siempre, sino que un día la pusieron ahí. Cuando hablamos de tirar abajo la cerca que está dentro de nosotros hablamos del prejuicio, el racismo, la violencia, el patriarcalismo. A partir de esa ancestralidad, de esta re-conexión con la energía de la tierra, es que tenemos que dar la lucha.

Y no cabe la idea de la propiedad privada de la tierra, sea grande o mediana, pequeña o muy pequeña. No se puede lotear un juçaral (4). El juçaral es un lugar de uso común. Lotear es, en el fondo, reproducir a una escala muy pequeña la mentalidad de que la tierra puede ser como una cosa, algo que después puedo incluso vender. La tierra no nos pertenece. Somos nosotros quienes pertenecemos a ella. Y es en esa relación de pertenencia que nuestra existencia cobra sentido.

Hablemos de la metodología de la Tela: no podemos pensar en un encuentro con una mesa para discutir un tema, por más importante que esto pueda ser. Tiene que ser un espacio para que la gente hable. El tiempo de hablar de cada uno es el tiempo que cada cual necesita para hablar de su experiencia, de su existencia. El baile, el canto, el tambor, la maraca, todo es parte de lo que podríamos llamar el contenido. No es algo accesorio. Es parte.

Si no partimos de una ancestralidad que es propia, toda esa lucha terminará siempre en la violencia. Un gobierno que no respeta esas ancestralidades es un gobierno de violencia, sea de derecha o de izquierda. Lo mismo vale para los movimientos, por mejor intencionados que sean: si no parten de eso van a reproducir la violencia, porque se reproduce la negación de esa alteridad, del otro, de esa diversidad.

(1) La Ley nº 2979 de 15 de junio de 1969 puso las tierras públicas en venta y provocó un acaparamiento de tierras y conflictos agrarios. La ley lleva el nombre de José Sarney, uno de los mayores oligarcas de Maranhão, gobernador del estado en aquella época y presidente de Brasil entre abril de 1985 y marzo de 1990.
(2) El 30 de abril de 2017 más de 30 indígenas sufrieron un ataque extremadamente violento que dejó cinco heridos de bala (entre ellos Kum’tum), dos personas con las manos cortadas (una de ellas decapitada) y otros quince lesionados, entre los que había adolescentes. Por más información, véase: https://www.campoemguerra-reporterbrasil.org/eles-sao-mesmo-indios-a-pergunta-po
(3) Las comunidades quilombolas están formadas por descendientes de personas africanas que fueron sometidas a la esclavitud en el Brasil colonial e imperial. Moquibom es una de las articulaciones entre quilombolas de Maranhão, que es el estado con mayor cantidad de comunidades de este tipo. El INCRA es el organismo responsable de registrar las tierras  quilombolas.
(4) Juçaral es un conjunto de palmeras juçara o palmitos, que brindan  alimento a las comunidades.